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Catalina de Siena (1347-1380)


Por: Hno: Jesús Bayo, fms.


Catalina nació en Siena en 1347. Fue la hija menor en un hogar con numerosos hijos. Sus padres eran artesanos y vivían en una espaciosa casa situada en la parte alta de la ciudad. Era una niña alegre y tuvo una sencilla educación en la familia como las niñas de su tiempo, lo que no incluía aprender a leer y escribir, destrezas que adquirió después. Mostró desde temprana edad devoción para las prácticas religiosas y tenía ciertas disposiciones místicas, aunque ya a los doce años se mostraba coqueta y le gustaba vestir a la moda pero después que una de sus hermanas murió al dar a luz su primer hijo, decidió ingresar a la vida monástica. Sus padres y hermanos se opusieron porque buscaban para ella un brillante matrimonio, entonces se cortó su hermosa cabellera, se vistió de penitente y buscaba la soledad. Debido a ello, sus familiares le humillaban y obligaban a realizar los oficios más bajos de la casa, reducida a simple sirvienta.

En 1363, a los dieciocho años, se comprometió en una asociación seglar y pasó a formar parte de la Tercera Orden de Santo Domingo, cuyos miembros se vestían con una túnica blanca y un manto negro. Como terciaria dominica, tuvo varias iniciativas caritativas con los pobres y enfermos; también asumió un compromiso político, eclesial y social para solicitar el regreso del Papa a Roma. Sus primeros años de terciaria dominica fueron de intenso sufrimiento por la incomprensión de su familia y por las calumnias de la gente. Además, sentía con fuerza su instinto de maternidad y tenía terribles tentaciones contra la castidad.

Al iniciar la cuaresma de 1366 se le apareció Jesucristo acompañado de la Santísima Virgen María. En esta visión Catalina comprendió que Jesús y María aceptaban su consagración total porque le colocaron como signo un anillo de esposa que ella llevará en uno de sus dedos el resto de sus días. Ella así lo sentía aunque nadie podía verlo. Escuchó que Jesús le decía: “Cuida de Mí y de mis intereses que yo cuidaré de ti y de los tuyos”. Desde entonces, su padre le facilitó la vida religiosa y le permitió tener un oratorio en su casa. La gente de Siena comenzó a visitarle y consultarle. A su casa iban no solo las personas sencillas sino también sacerdotes, obispos y doctores porque el Espíritu Santo le había otorgado el “don de consejo”. Aumentó el número de sus amistades que la consideraban como su madre espiritual.

Catalina se ejercitó en la oración, el ayuno y la penitencia. El dominico Raimundo de Capua fue su amigo y director espiritual, aunque con frecuencia se intercambiaban consejos en su epistolario. Ella entraba en éxtasis, con frecuencia, después de la comunión y mientras hacía oración. Algunos enfermos recibieron curación por su intercesión. Cuando recibía a los pecadores les enviaba a confesarse, y fueron necesarios tres sacerdotes para confesar a quienes se convertían. En 1371 inició una campaña para que el Papa residente en Aviñón regresara a Roma. Escribió al Pontífice y persuadió a Gregorio XI para que retornase a Roma, lo que sucedería en 1376, después de intercambiar varias cartas. En 1378 redactó su libro “Los Diálogos”, dictado a dos secretarios, donde expresó lo que Dios le iluminaba sobre sus experiencias místicas. En 1379 habló ante los cardenales reunidos en Roma, y les aconsejó para poner remedio a los males de la Iglesia. Recorrió algunas ciudades-estado como mediadora de paz entre los bandos contrarios. Por petición del Papa, fue a vivir a Roma y pasó muchas horas rezando por la Iglesia junto a la tumba de San Pedro. Decía: “Mi deseo más intenso es que la Iglesia sea santa”.

El 29 de abril de 1380 murió en Roma, Catalina de Siena a la edad de 33 años, después de repetir la frase de Jesús en la Cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

La espiritualidad de esta santa se refleja, sobre todo, en sus “Cartas”, en “Diálogo de la divina providencia” y en el libro de “Todas las plegarias”. Sus escritos, que en buena parte dictó, son considerados como textos clásicos del cristianismo y en ellos se nota la influencia de Santo Tomás de Aquino. Ella tomó de la espiritualidad dominicana su profunda meditación y la devoción mariana; de la espiritualidad franciscana asumió el espíritu de sencillez y el amor a los enfermos y a los pobres. Fue canonizada por el papa Pío II y Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia junto con santa Teresa de Jesús. Posteriormente, también han sido declaradas doctoras de la Iglesia: Teresa de Lisieux, Hildegarda de Bingen y Teresa Benedicta de la Cruz.

Santa Catalina de Siena es una mujer significativa para la Iglesia y la sociedad de todos los tiempos por su carácter místico y profético.

Algunos extractos de sus escritos

Te he dicho que mucho se engañan los que desean recibirme y gustarme según sus propios caprichos. Quiero mostrarte ahora la trampa en la que caen aquellos para quienes toda su satisfacción consiste en buscar la consolación espiritual hasta el punto de ver que sus prójimos tienen necesidad de ellos, espiritual o temporalmente, y no les ayudan so pretexto de virtud.

Dicen ellos: “Yo pierdo la paz y la tranquilidad del espíritu, no puedo recitar mi breviario a su debido tiempo”. Y porque no tienen consolación piensan que me ofenden. De ese modo no hacen más que engañarse a sí mismos con su propio placer y autocomplacencia espiritual. Ellos me ofenden más por no ayudar a su prójimo que por abandonar sus consuelos espirituales.

En realidad, cualquier ejercicio vocal o mental, yo no lo exijo sino para conducir el alma hasta un perfecto amor a mí y al prójimo, y para estabilizarla en este amor. Por eso, yo soy más ofendido cuando ellos desdeñan y relegan el amor al prójimo, a causa de esos ejercicios y esa tranquilidad espiritual, que cuando renuncian a los ejercicios para ir en ayuda de su prójimo necesitado.

(Todas las plegarias, cap. 69).