UN TESTIMONIO ESPECIAL
Por: José Enrique Collazo
Les cuento una historia real y patética que nos muestra «hasta dónde es capaz de llegar una madre para intentar salvar la vida de su hija.»
A mediados de los sesenta, en el portal o en el último banco de la iglesia del Carmen podía verse a una señora alta, gruesa, de piel negra; su rostro era despejado y no expresaba sufrimiento. Siempre vestía con tela de saco de yute debido a una promesa. Pedía limosna casi todos los días y cuando descansaba tranquila en el último banco del templo, si alguien entraba, extendía su mano sin hablar.
Así pasaron los meses. Un día la saludé, ella sonriente devolvió el saludo y me sorprendí pues me preguntó por mi padre y mi esposa. Ellos le daban siempre una limosna, yo nunca lo había hecho, así me dijo. La mujer mostraba un rostro alegre y gozoso, lo cual era curioso. Su imagen venía a ratos a mi mente diciéndome: esta mujer es diferente, qué razones tiene para pedir. Me intrigaba su personalidad.
Una tarde llegué temprano, la vi en el banco y le pregunté:
¿Puedo sentarme a conversar con usted? Ella sonriente se secó el sudor de la frente y asintió con un gesto. Algo tímido le pregunté sin rodeos: Morena, tú no
tienes necesidad de pedir limosna…¿por qué lo haces, por una promesa?
Ella me miró algo agitada, cogió aire y con soltura dijo:
Mira blanco, tú sabes mucho, tú conoces a las personas, pero ustedes son gente buena, te voy a contar mi secreto con una condición, solo se lo puedes contar a tu familia.
Después de prometerle que guardaría el secreto a otras personas, la miré sonriente y le dije:
Puedes contarlo si lo deseas; si no lo haces me levanto.
Entonces, vi unas lágrimas en los ojos de esta mujer curtida y esperé a que expresara su emoción. Se repuso y comenzó el relato.
Mira, mi’jo: Yo hice esta promesa al milagroso san Lázaro, el de las muletas, porque a los pocos meses de nacida mi hija sufrió un grave enfermedad. Estuvo semanas entre la vida y la muerte. Fui al Rincón de rodillas y le dije al santo: ¡Viejo Lázaro, salva a mi hija, si se salva yo pediré limosna hasta que ella cumpla los 21 años (mayoría de edad en esos tiempos) y te traeré todos los días 17 lo que recoja!
El relato de esta madre me emocionó. No sabía qué decirle. Ella me ayudó y me dijo:
Mira, faltan unos pocos meses. Yo acabaré de pagar mi promesa de tantos años, iré al Rincón y le diré al santo: de ahora en adelante no pediré limosna pero vendré todos los 17 a traerte flores y encenderte una vela porque te estoy muy agradecida.
Le di un beso grande en uno de sus amplios cachetes. Ella me puso una mano en el hombro diciendo:
¡Que Dios y la Virgen te bendigan!
A partir de ese momento siempre le daba algo y nos reíamos de nuestra complicidad pero un buen día desapareció. Un tiempo después trajo a su hija que ya tenía 21 años. La muchacha me comentó que nadie en casa quería que su madre pidiera limosnas. Me quedé sin palabras y cogiendo aire atiné a decirle:
Ello te enseña hasta dónde es capaz de llegar una madre. Ella se merece todo el respeto, toda gratitud y toda admiración.
Se marcharon, nunca más las volví a ver.