Las mujeres que servían a Jesús
Por: P. Martirián Marbán
Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los cuatro evangelistas, contaron la vida de Jesús. A ellos les agradecemos que nos señalaran y tuvieran en cuenta. Las primitivas comunidades cristianas sí que nos tenían en la memoria. A pesar de nuestra importancia en la vida de Jesús, en la iglesia posterior no hemos tenido el eco que nos ganamos con nuestro servicio a Él y sus acompañantes. Casi hemos permanecido invisibles.
Éramos un grupo bien diverso, aunque eso sí, todas de la provincia de Galilea. Entre nosotras estaba la mamá de los apóstoles Santiago y Juan, las esposas de otros que seguían a Jesús como María, esposa de Cleofás, mujeres del campo como Susana, Salomé y María, la madre de Santiago y José. También se hallaba Juana, esposa de Cusa, el administrador de Herodes, a quien Jesús le había sanado un hijo enfermo y María Magdalena, la más famosa y atrevida. Pero ¿qué nos unía? Algunas habían sido sanadas por Jesús de diversas dolencias fisiológicas y espirituales, pero no era eso lo más importante. Con nuestra intuición femenina habíamos descubierto algo especial en aquel carpintero de Nazaret. Ante Él, ante su mirada, nos sentíamos respetadas, más aún, amadas limpiamente sin ningún interés egoísta por su parte. ¡Qué pena que sus paisanas de Nazaret no lo descubrieran así, a pesar de que le tuvieron tan cerca tantos años!
Y ¿qué decir de su mamá María? Con ella sí que conectamos enseguida, cómo nos animaba, cómo nos consolaba y salía en nuestra defensa cuando algún varón hacía algún comentario inapropiado.
En aquel tiempo una mujer no podía ser discípula de un maestro, ni siquiera acercarse en público para escucharle. María Magdalena era atrevida, se arriesgó y Jesús permitió que se saltara las estrictas reglas sociales de época. Pero las demás, tan tímidas y calladas, como nos habían educado, no podíamos tener esa valentía. Bastante fue vencer la resistencia de nuestros esposos y padres para que nos permitieran, de mala gana, estar en el grupo que seguía a Jesús. Pero, ¿cómo podríamos ser discípulas entre aquellos apóstoles machistas que se comportaban como varones de su época? ¿Pedro iba a permitir a una mujer en el grupo más cercano a Jesús? Guiadas por María, la mamá de Jesús, intervino la astucia femenina.
¿Es que Jesús y los apóstoles no comían? ¿Quién les iba a cocinar? Cuando andaban por los caminos, ¿quién iba a buscar los alimentos, transportarlos, conservarlos y cocinarlos? Acuérdense de lo afanada que estaba Marta cuando fueron a su casa y ninguno de los apóstoles le echó una mano. ¿Y la ropa?, ¿cuándo lavaban las túnicas?
Los apóstoles no tuvieron más remedio que aceptarnos. No soportaban estar hambrientos ni sucios, aunque nuestra verdadera intención era ser discípulas, por eso siempre que teníamos ocasión le escuchábamos y con cualquier pretexto nos acercábamos a Él. Y nos turnábamos para servirle los alimentos. María, su madre, nos ayudaba mucho. Ante ella ni siquiera Pedro se atrevía a cerrarnos el paso. La mamá de los apóstoles Santiago y Juan también nos colaboraba.
Con Judas, el tesorero del grupo, hubo problemas rápidamente pues no daba plata para las compras. Para no crearle problemas a Jesús, nos dijimos: “Ayudemos con nuestros propios recursos”. Juana, la esposa del administrador de Herodes, colaboró mucho. A veces, la gente de los pueblos nos regalaba limones, gallinas, conejos, higos, uvas pasas y algo de vino. Nuestra inteligencia femenina multiplicaba todo aquello.
¡Qué lección les dimos a los apóstoles cuando pusieron preso a Jesús! Ellos, tan valientes y fanfarrones huyeron. Nosotras nos mantuvimos siempre lo más cerca posible de Él, sobre todo en el camino de la cruz y cuando lo crucificaron en el monte Calvario. Venciendo la resistencia de los crueles soldados romanos nos mantuvimos junto a la cruz acompañando a María, su madre. Nos preocupamos de que fuera enterrado, según nuestras costumbres, con aromas y perfumes, por ello fuimos las primeras personas que creímos en su resurrección al comprobar la tumba vacía. María Magdalena fue determinante y las demás nos unimos a ella. Por supuesto, los apóstoles no nos creyeron. ¡Cómo iban a hacerles caso a unas mujeres en aquellos tiempos! Nos tacharon de histéricas, insulto más común de todos los siglos hasta hoy. No se daban cuenta de que por nuestra fe en Jesús habíamos sido sanadas del histerismo malsano.
Mujeres, nosotras encontramos en Jesús la realización, la plenitud de nuestras vidas. Hoy, ustedes tienen más posibilidades que entonces. Hagan de Jesús el verdadero amor de sus vidas. Visibilicen y den importancia a las mujeres que se dedican a tareas consideradas humildes: lavar, cocinar, asear, etc., entre ellas hay muchas perlas preciosas.
Para comprender mejor este tema leer: Lc. 8,1-3; Mt. 27, 55-56; Mc.15,40-41; Lc. 23,49;Jn. 19,25; y los relatos de la resurrección de los cuatro evangelistas.