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La hora de los padres y los maestros


Por: Antonio Miguel Fontela

 

En los primeros días del presente curso escolar cubano circuló en Facebook la fotografía de una maestra junto a un pizarrón donde presuntamente ella había escrito: “Bienbenidos”.

A continuación de la imagen aparecían las opiniones de los lectores que iban desde la burla a la maestra hasta la crítica al gobierno, incluyendo, claro está, al Ministerio de Educación.

La situación mostrada en la foto tiene varias lecturas, pero solo abordaré una: el apoyo de los padres al maestro o profesor.

El profesor es una persona que se dedica a enseñar. En su defensa se debe subrayar que dada su condición de ser humano puede equivocarse.

El conflicto provocado en los estudiantes por la pifia del maestro se agrava cuando los padres reprochan al docente el error cometido en presencia de sus hijos, dando lugar a la aparición de una brecha de credibilidad en los alumnos acerca de los contenidos que imparte el profesor. El educando se pregunta entonces: ¿a quién creerle, a mis padres o a mi maestro?

Un profesor es aquella persona (PERSONA: no Dios, no ángel, no máquina) que se dedica a la enseñanza de una determinada ciencia o arte, mientras que un docente posee una significación más general, incluye, entre otros aspectos, a aquel individuo que enseña. Atendiendo a ello pudiera afirmarse que los padres son los primeros docentes que un ser humano encuentra en su vida.

Por otra parte, un maestro es aquel sujeto a quien se le reconoce una habilidad extraordinaria en la materia que instruye. De esta forma, un docente puede no ser un maestro.

En Cuba se acostumbra llamar maestros a los docentes de la enseñanza primaria y especial, mientras que el titulo de profesor se utiliza para denominar a los pedagogos de la enseñanza media y universitaria.

Más allá de estas definiciones, todos deben poseer habilidades pedagógicas para convertirse en agentes efectivos del proceso de aprendizaje, lo cual no excluye la comisión de deslices.

Se debe insistir en que una manera eficaz de colaborar en la educación de los niños y jóvenes, es señalarle al maestro o profesor la falta que ha cometido sin la presencia de los hijos y con la debida discreción, la cual excluye su humillación.

Es oportuno destacar que los padres, más que el profesor, desempeñan un papel fundamental en la inculcación de buenas maneras en sus hijos, las cuales deben contener la porción de caridad cristiana necesaria para manipular los errores ajenos sin lastimar. Tales conductas loables identifican en el aula la procedencia familiar, buena o mala, de los niños y adolescentes.

Las frases mágicas que abren las puertas de la colectividad: Buenos días, Buenas tardes, Buenas noches, Gracias, Disculpe, Por favor, Con su permiso se enseñan principalmente en el hogar; ahí también hay que instruir sobre los delicados modos que debe utilizar el alumno para señalarle al profesor alguna imprecisión cometida.

Todos los países reconocen el trabajo fundamental e insustituible del profesor y se declaran días especiales para homenajearlos. En América, el 11 de septiembre se conmemora el "Día Panamericano del Maestro", recordando el fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento en el año 1888.

En México y Colombia se celebra el Día del Maestro el 15 de mayo; en Uruguay, el 22 de septiembre; en Perú, el 6 de julio y Chile lo celebra el 16 de octubre, conmemorando la fundación del Colegio de Profesores del país.

En El Salvador, es el 22 de junio el día del Maestro, fecha del fallecimiento en 1890 del General Francisco Menéndez, principal impulsor de la dignidad magisterial y principal reformador de la educación salvadoreña.

En España se celebra el Día del Maestro en honor a san José de Calasanz el 27 de noviembre. En nuestra patria el Día del educador es el 22 de diciembre.

A nivel familiar también se puede dignificar el trabajo del maestro de una manera sencilla pero edificante, al destacar dentro del hogar el buen trabajo del profesor en presencia de los educandos.

Al resaltar el desempeño del docente en el seno familiar se refuerza su figura en el imaginario infanto-juvenil, lo cual posibilita que el alumno confíe ciertamente en el contenido impartido por su educador y le preste la mayor atención a sus explicaciones durante la clase.

El autor de estas líneas se pregunta qué acción es más reprochable, si la de la de la maestra que escribe un cartel de bienvenida con un error ortográfico o la del padre que fotografía y publica en Internet el desliz cometido por la profesora de su propio hijo.

La hora de los padres y de los maestros tiene una duración indefinida. Está formada por un conjunto innumerable de pequeños instantes durante los cuales el educando comprueba, sin equívocos, que sus padres y maestros trabajan juntos por educarlo.