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La gran dicha de la comunicación


 

Por: José Enrique Collazo

Los seres humanos tenemos dimensiones innatas en ocasiones inexplotadas que nos restan plenitud. Una de ellas es la social que tiene en su centro vital lo relacional. Este es el tema que trataremos y espero les aporte un motivo para crecer en las relaciones interpersonales, familiares, con amistades y compañeros de trabajo.

Como biólogo les digo que en los seres vivos el primer gran acontecimiento fue la aparición de la membrana celular: la vida comenzó. El fuego fue otro gran descubrimiento que permitió a nuestros antepasados remotos cocinar los alimentos y protegerse del frío. El gran salto fue cuando la palabra dijo: ¡aquí estoy! Desde ese instante la especie humana se situó en una posición más evolucionada.

Las palabras articuladas forman frases y oraciones, con ellas podemos exponer lo que pensamos y comunicarnos con nuestros semejantes. La cuestión fundamental es hacer un buen uso de esta facultad para nuestro bien y establecer una interrelación adecuada.

La dicha de realizar transacciones en las que los interlocutores se sientan atraídos a establecerlas, se busquen para dialogar e intercambiar criterios, vivencias o preocupaciones es lo deseado. Un criterio fundamental expresa con claridad Kay Pollak al señalar: “Encuéntrate en tu prójimo. Todo aquel que conozco es mi maestro. Tengo algo que aprender de cada persona que conozco, puedo aprender de los demás y voy a hacerlo”. La comunicación es un arte si nos preparamos adecuadamente para manifestarnos en la relación personal, familiar, laboral y otras. Los maestros son los comunicadores especializados que con su labor de instrucción y educación van dando cuotas del saber humano para capacitarnos en dichas asignaturas y mucho más. Los medios de comunicación masivos, tradicionales y los modernos tienen una tarea de suma importancia para la sociedad.

Entremos en un área prioritaria: la familia. El núcleo esencial de la especie se asienta en todo hogar, de ahí su importancia para hacer ajustes y crecer comunicándonos. Algunos criterios de autores en la materia pueden ayudar a comprender la importancia de ‘saber comunicarse’. Por ejemplo, Jaime Borda señala: “Los seres humanos somos, ante todo, seres sociales y una parte fundamental de nuestra realización personal reside en el saber relacionarnos con los demás porque es a través de estas relaciones que realmente logramos crecer como personas”. “En otras palabras, es en la relación con los otros, con cada prójimo, donde todo lo que somos adquiere su verdadero sentido, su verdadera dimensión (…) Esto no significa, en absoluto, perder la identidad, ese ‘identificarnos con’ y ‘pertenecer a’ es una parte vital de nuestro crecimiento y desarrollo personal”. Por su parte, Jan Klein apuntó: "Ser humano es estar relacionado”. Carlos A. Rezzónico indicó: “La solidaridad y la generosidad tienen su simiente en el espíritu de servicio que debe ser fomentado en el proceso educativo”.

Con estas citas se puede comprender mejor la importancia para toda persona del intercambio social. La teoría es buena, la práctica es lo que conviene realizar. Toda familia cuando nace un niño desea enseñarle algo, la mayoría son buenas cosas pero el crío todavía no capta bien. La palabra de la madre es el primer enganche socializador. De ahí la necesidad de prepararse bien para esta tarea, hay que leer, pedir consejos, ver en la tele programas que capacitan. La relación que se va estableciendo encamina al crío en su desarrollo aunque no lo pueda decir. Esta tarea es sagrada, no se puede hacer a medias, la palabra materna no es para dar órdenes ni para asustar al niño con gritos. Un consejo: utilizando la ternura las ideas entran solitas. El proceso de aprendizaje del niño es lento en sus comienzos, hay que conocer qué dosis administrarle en cada etapa para que ‘entienda’ y se vaya incorporando al mundo de los adultos pasito a pasito.

Si el niño y la niña van al círculo, los padres le van enseñando a conducirse/relacionarse con las cuidadoras y los demás niños. Ya en la primaria la función de los padres se complica, a la labor hogareña de instruir y educar se le suma el apoyo a los educandos en sus tareas escolares. Esta relación es vital para el desarrollo de su afectividad y calor filial. En ocasiones encontramos que algunos padres no están lo suficiente preparados para iniciar a sus hijos en algunos aspectos esenciales cuando estos arriban a la etapa de la adolescencia o juventud. Son periodos donde la comunicación cobra un mayor impacto en los hijos; sería factible destacar «una buena intercomunicación donde todos hablen y todos sepan escuchar». Este es el secreto de cómo educar a la nueva generación.

Dejo para el final lo que tal vez debía haber tratado al principio: la relación marido-mujer y les presento los criterios de Erick Berne, autor del Análisis Transaccional. Este autor define dos tipos de transacciones: la complementaria y la cruzada. Plantea que en la complementaria el emisor y el receptor ‘sintonizan’ y la comunicación positiva continúa felizmente haciendo posible una buena relación mientras que en la cruzada el emisor no genera una respuesta positiva o el receptor está predispuesto y reacciona en forma negativa; estas acciones-reacciones no contribuyen al desenvolvimiento humano y social adecuado. Por ello, es hora de revisar el tipo de relación entre marido y mujer. La primera transacción es la que todos deseamos y necesitamos para el bienestar mutuo, la concordia y la armonía. La transacción cruzada es parte de la convivencia, se necesita sabiduría para ‘revertir’ esta incomunicación bastante nociva para ambos. Si los hijos perciben esta desarmonía se verán afectados y pueden, si ello no mejora, quedar ‘marcados’ psíquica y afectivamente. Debemos prestarle mucha atención a esta disfunción relacional.
Finalizo dando una inyección de sano optimismo: la palabra, bendita capacidad de los humanos, medio ideal para relacionarnos, con comunicación vinculante y crecer para elevar la cultura del encuentro, del diálogo, del mutuo entendimiento.

La vida se disfruta en «un ambiente saludable de buenos conversadores donde todos escuchan y todos hablan. En ese orden».