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Zelfa, la atrevida


Por: P. Martirián Marbán

Mientras Jesús estaba hablando, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: “Feliz la que te dio a luz y te amamantó.” Pero él contestó: “Felices sobre todo los que escuchan la palabra de Dios y la practican.” Lucas, 11, 27-28.

Yo soy Zelfa, la que habló en medio de la multitud ¡Qué atrevida y arriesgada fui! Por entonces la situación de la mujer era mucho más humillante que ahora. Ni siquiera nuestros esposos nos dirigían la palabra en público, era abajarse demasiado. Pero me preguntarán: ¿Cómo es que yo estaba entre aquella multitud y cómo es que me atreví a hablarle nada menos que a Jesús, el Maestro, en público? Tengo que agradecerle al evangelista Lucas quien no estando presente recogió esta tradición oral, de las primitivas comunidades cristianas.

Es verdad que yo me encargué de señalar este atrevimiento no solo como ejemplo de que las discípulas de Jesús habíamos recobrado nuestra dignidad como mujeres, sino también como muestra de que nuestro puesto en el mundo y en la comunidad de seguidoras de Jesús nadie nos lo podía arrebatar.

Pero quiero responder a la pregunta de cómo conocí a Jesús. Yo vivía en Betania con mi esposo y mis cinco hijos: tres varones y dos hembras, ya todos mayorcitos. Teníamos un huerto en el que cultivábamos naranjos, limoneros, higos, uvas y varias hortalizas.

Nuestra casa y el huerto estaban cerca del camino por el que pasaban los peregrinos que iban hacia Jerusalén. Por ello, salíamos con cestos llenos de frutas, hortalizas y limonadas para ofrecerles a los peregrinos.

Recuerden cuando Jesús y sus acompañantes llegaron a casa de Marta y María (Lucas, 10, 38-42) y a toda prisa tuvieron que prepararles algo de comer. Marta me mandó a decir que le enviara lo que pudiera, sobre todo, si tenía limonada hecha, pues los peregrinos se morían de sed. Rápidamente, mis hijas y yo preparamos provisiones y se las llevamos. Cuál sería mi sorpresa cuando al llegar a la casa, de paso hacia la cocina, vi a María, la hermana de Marta, sentada a los pies de Jesús, al que llamaban “el Maestro”. Ahí descubrí que ese Jesús admitía a mujeres entre sus discípulos. Y me quedé con la inquietud de escucharlo yo también, pues hacía tiempo que en mi interior había preguntas para las que no hallaba respuesta.

Muy inquieta me volví a la casa y casi no dormí, preguntándome cómo haría para escuchar a ese Maestro.

Pero como Dios no abandona a los que creen en Él, yendo con mi esposo por el camino a Jerusalén para ofrecer nuestros productos a los peregrinos, vimos un gran revuelo y mucha gente. Allí estaba Jesús. Me dijeron que acababa de expulsar un demonio y se enfrentaba a los que le llamaban demonio a él también. De inmediato me indigné. ¿Cómo si había hecho una obra tan buena como hacer hablar a un mudo, le interpretaban tan mal?

Entendí muy poco sobre lo que Jesús explicaba, pero sí supe que el Reino de Dios, anhelado por todos nosotros, al fin había llegado. Entonces me invadió una fuerza tal que me atreví a interrumpir a Jesús y no sé cómo pude gritar, alabando y envidiando a su madre: “Feliz la que te dio a luz y te amamantó”. Hasta los apóstoles se sorprendieron de mi imprudencia: ¡Una mujer interrumpiendo en público a un Maestro!

Tal vez algunos iban a regañarme porque Jesús hizo un gesto con la mano y tras un corto silencio dijo: “Felices sobre todo los que escuchan la palabra de Dios y la practican.” Con la emoción y los nervios que tenía casi no escuché, pero después me di cuenta de lo que había dicho, sobre todo cuando conocí un poco más la vida de su madre, María.

Después de la resurrección de Jesús me uní a Marta, María y Lázaro conformando una comunidad de seguidores del resucitado. Para animar a las mujeres a formar parte de ese grupo, les contaba mi atrevimiento y la respuesta de Jesús. Ello llegó a conocimiento del evangelista Lucas que juzgó conveniente señalarlo en su evangelio, como muestra de que en el trato con Jesús las mujeres recobrábamos nuestra dignidad.