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Por: Mirta Romero


Deseo compartir con ustedes un tema que en estos tiempos difíciles está muy presente y quiero comenzarlo con esta anécdota:

Hace una semana, cuando el número de pacientes de la Covid-19 era verdaderamente alarmante, yo me encontraba sumamente preocupada por diversos factores: impaciencias por la salud de mi nuera y mi nieto, expuestos por su trabajo al virus que puede estar en cualquier lugar, mis tareas y responsabilidades y la delicada situación afrontada con los alimentos, entre otros aspectos. Entonces, salí al balcón a serenar la vista mirando el mar y me di cuenta que hablaba conmigo misma, en voz alta, y decía: "estoy preocupada porque las lilas no han florecido y hasta que no se caigan, no florecerá el framboyán".
Imagínense ustedes, además de mis preocupaciones reales, yo estaba inquieta por el desarrollo cíclico de la naturaleza. Han pasado los días, mis preocupaciones personales se desencadenaron como la vida lo tenía dispuesto, las lilas no han nacido ni creo lo harán en este invierno y hace un par de días vinieron al parque y le cortaron las ramas al framboyán.
Las preocupaciones son sucesos lógicos y comprensibles pues vivimos en una relación estrecha y constante con el mundo circundante y ello, en mayor o menor medida puede transmitirnos incertidumbre e inseguridades que pueden ser mayores o menores atendiendo a la situación y la persona en cuestión.
Generalmente, estamos preocupados 21 NOSOTRAS cuando algo que está sucediendo de alguna manera nos llega y reaccionamos ante ello pero debemos aprender a distinguir los diferentes tipos de preocupaciones.
Las preocupaciones reales, por ejemplo, ocurren cuando se avecina o se tiene una enfermedad o acontece un suceso complicado -como lo que ahora mismo está padeciendo el mundo entero- o cuando creemos tener el control de las cosas y algo empieza a salir mal o cuando un familiar o un amigo tienen un problema serio. Son situaciones de vida preocupantes y no lo podemos obviar.
Otra cosa son las preocupaciones excesivas que nos producen un desasosiego interno y saltamos por cualquier cosa: el timbre del teléfono, el toque de la puerta, el relato de lo ocurrido en algún lugar y decimos o pensamos:

Ay, Dios mío si me pasa a mí ,y comenzamos a sufrir por ello. Entonces, nos pasamos el tiempo pensando y pensando en la misma cosa sin dar espacio para ver otras soluciones.
Esta actitud equivocada nos va dejando una serie de trastornos verdaderamente molestos: insomnio, desordenes digestivos, dolores de cabeza y otros. Las personas de la Tercera Edad sabemos que la vida pasa con una velocidad asombrosa y en algún momento de nuestro diario vivir decimos: "pero ya ha pasado 15 años "!!!! ...Sí, señores, no nos hemos dado cuenta, pero sí han pasado y le hemos dedicado una gran parte de nuestro tiempo y nuestra vida a preocupaciones innecesarias que nos han dejado angustias en el corazón, desilusiones, malestares y hasta eternas tristezas.
Existen personas constantemente preocupadas y viven un nivel de angustia muy alto. Creen que esta actitud es buena porque así están al tanto de todo y de todos y entonces son más útiles. Transforman la preocupaciones en una motivación de vida porque al vivir en una sociedad como la nuestra en la cual le damos gran valor a la acción, el estar preocupados puede hacerlos sentir tranquilos y necesarios, pues, a su juicio, si no tienen esta actitud se les puede ver como indiferentes o negativos.
Resumiendo, a mi juicio, las preocupaciones excesivas nos tienden la trampa que nos roban, a veces para siempre, la tranquilidad y la paz.
Cuídense mucho, pongamos el corazón y el alma cada día de este presente difícil para ayudarnos y ayudar a salir lo menos lastimados posible de este sensible momento vivido por toda la humanidad.