Agar, la esclava fecunda
Por: P. Martirián Marbán
Yo era una joven esclava que vivía en
el palacio del Faraón de Egipto. A
causa de las impagables deudas, mis
padres me habían vendido a este rey.
El monarca me regaló a Abraham
cuando este y Sara, su esposa, fueron
a Egipto (Génesis, 12, 10-20) Abraham
me puso al servicio de ella.
Los esclavos no valíamos nada. Sólo
éramos una fuerza de trabajo barata.
Estábamos a merced de los caprichos
de nuestros señores y de sus hijos. Y
más las mujeres que realizábamos
cualquier tarea en la casa, en el campo,
en la cocina o en la cama.
Y cuando nuestras señoras no tenían
hijos o se demoraban en tenerlos, ellas
mismas nos entregaban a sus esposos
para que se acostaran con nosotras. Pero
esas criaturas que llevábamos durante
nueve meses en nuestras barrigas, por
las que sufríamos las molestias del
embarazo y los dolores de parto no nos
pertenecían. Bastaba que la señora,
nuestra dueña, pusiera sobre sus rodillas
la criatura recién nacida para que fuese
propiedad de ella, como verdadera madre.
Nuestra situación era de total desamparo.NOSOTRAS 7
Qué alegría y orgullo cuando quedé
embarazada, una vez que mi señora Sara
me entregó a su esposo Abraham para
que tuviera relaciones íntimas con él.
Yo, una esclava, sin ninguna consideración por parte de los dueños, iba a
dar un hijo nada menos que a Abraham,
el jefe del clan de las tribus que estaban con él, el que había vencido a
cinco reyes, el que había recibido las
bendiciones de nuestros dioses, nada
menos que de parte de Melquisedec,
sacerdote de Dios Altísimo, el que iba
a ser padre de numerosos pueblos,
condición muy valorada en la antigüedad.
Y todo ello a través de la criatura que
yo llevaba en mi vientre. Sí, yo iba a
ser más importante que mi señora Sara.
Y ella lo notó enseguida. Ya saben que
las mujeres somos muy intuitivas y no
necesitamos palabras para comunicarnos.
Con la excusa de las molestias del
embarazo empecé a ser lenta en las
tareas del hogar y a replicar (cosa
impensable por parte de una esclava)
a mi señora Sara. Incluso llegué a
humillarla porque ella era estéril y yo
fecunda. Entonces empezó a maltratarme, por ello, embarazada y todo
tuve que huir al desierto. Pero yo era
creyente. Tenía el ejemplo de mi dueño
Abraham, del que se decía que hablaba
con Dios. Y yo le invocaba sin saber
muy bien con quien hablaba, pues no
tenía ninguna imagen de él. Y escuché
su voz, la voz del que me veía siempre
en su presencia, que me impulsaba a
volver humildemente junto a mis señores.
Las cosas mejoraron. Al fin di a luz a
Ismael. Todo fue normal. Más tarde,
mi señora Sara tuvo un hijo al que llamó
Isaac. Pero Ismael no trataba bien al
pequeño Isaac, Abraham, aconsejado
por Sara nos despidió y nos mandó al
desierto. Allí cuando no tuvimos agua
nos dispusimos a morir, pero de nuevo
el Dios que ve, oyó los gritos de mi
hijo y nos socorrió.
Ismael llegó a ser padre de numerosos
pueblos. Y ahí sí me sentí sumamente
orgullosa porque yo, una esclava sin
importancia, tuve una descendencia
numerosa.
Como ven Dios nunca abandona, ni
siquiera a los que no contamos nada a
los ojos del mundo, pero somos preciosos a los ojos de Dios. Tuve dos
experiencias fuertes del Dios que todo
lo ve.
Para conocer más sobre Agar leer:
Génesis 16,1-16 y 21,8-21; Gálatas,
4, 21-30