PERSONAJES HABANEROS
Por: Mirta Romero
Nuestra Habana cuenta con personajes legendarios, imprescindibles que ya forman parte de nuestro imaginario.
El Caballero de París ha sido y lo es todavía, sin dudas, el más recordado de todos los personajes populares que ha tenido La Habana.
Por las calles habaneras, en los años cincuenta y tal vez un tiempo antes, se paseaba un hombre singular, con una especie de hechizo seductor que llamaba la atención de todos. Era de mediana estatura, delgado, de cabellos largos. Tenía barbas, vestía siempre de negro y se cubría con una capa que ondeaba al viento y que él llevaba con gallardía. Lo vi muchas veces en todas las etapas de mi vida porque fueron muchos los lugares que escogió para ir dejando su huella debido a su comportamiento pintoresco, su educación y la magia de su presencia. Cargaba una especie de carpeta hecha con dos cartulinas gruesas donde guardaba sus tesoros imaginarios: libros, periódicos papelitos de varios tamaños donde hacía garabatos que regalaba con una sonrisa a quienes le saludaban. Lo recuerdo por el Prado entre el Parque Central y la calle Refugio, tal vez esta área le recordaba los diferentes hoteles donde trabajó. Dicen que era instruido, amante de la poesía y jovial. Llegó a La Habana, en el año 1913, cuando tenía unos catorce años. Su nombre era José María López Llendín y nació en Lugo, España, el último día de diciembre del año 1899.
Cuentan que perdió la razón después de haber estado en prisión y existen en torno a ello variadas versiones sobre lo que realmente provocó su encierro, alrededor de los años veinte, entre otras: celos por una mujer, robo de un billete de la lotería o de unas joyas, en fin, se desconoce realmente la causa pero sí sabemos que alrededor de 1934 fue liberado por falta de pruebas. Pero desde entonces comenzó a sufrir una especie de esquizofrenia no violenta y comenzó a deambular por las calles, convirtiéndose poco a poco en el “Caballero” que conocí.
El Caballero no pedía ni aceptaba limosnas, solo admitía algo para comer y lo agradecía con una reverencia y gestos elegantes. Estuvo deambulando por más de cuarenta años y ya viejo, siempre con libros, alegró la vida de varias generaciones de cubanos a pesar de que en sus ojos había como una luz de asombro y tristeza.
Eusebio Leal lo recuerda así: “Ningún habanero habría ofendido de palabra o de obra al Caballero de París, admirado calladamente. Ni niño alguno lanzaría contra él palabra altisonante. A nadie perturbaba. No podíamos explicarnos dónde comía o bebía y en su aparente vagar por La Habana era probable hallarlo en algún sitio recóndito donde ocultaba su lecho… así fue su vida”.
En el año 1977, a los setenta y ocho años fue internado en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra debido a su delicado estado de salud. Murió el 11 de julio de 1985. Sus restos descansan hoy en el convento de San Francisco de Asís, sitio donde se halla colocada la escultura que lo inmortaliza, creada por Villa Soberón.
Existen también dos figuras femeninas cuyo recuerdo permanece no solo en las mentes de los habaneros, sino además en la de un grupo de cubanos de otras provincias y de otras regiones pues se han convertido en personajes proverbiales. Son ellas: María Cons- tancia Coraza Valdés, conocida como “La Macorina” y Olga Moré Jiménez, “La tamalera”.
María Constancia Coraza Valdés nació en Guanajay, entonces perteneciente a la provincia de Pinar del Río, en el año 1892. Poco se conoce de su infancia, solo que a los quince años huyó a La Habana con su novio y aquí se estableció pero las necesidades económicas y el poco pensar hicieron que torciese su camino y se convirtiese en una de las prostitutas más famosa de aquella época. Su “carrera” hacia la opulencia comienza a través de sus vínculos con los más ricos políticos habaneros y empresarios, entre ellos, el Presidente José Miguel Gómez.
Entonces ya se le conocía como “La Macorina”, nombre puesto por un joven- cito que pasado de tragos, al caminar por la Acera del Louvre, al verla, gritó: ahí va “La Macorina”, cuando en realidad quería decir “La Fornarina”, porque así nombraban a una famosa cupletista española llamada Consuelo Bello. Y se le quedó para siempre.
A los cuarenta y dos años, después de acumular riquezas y ser parte de los más selectos círculos habaneros, bajo la crítica situación del país, “La Macorina” quedó abandonada por amigos y amantes y se vio en la necesidad de vender sus pertenencias: cuatro mansiones, nueve autos, joyas y pieles y se refugia en un cuarto alquilado en una casa familiar. Falleció el 15 de junio de 1977 en La Habana.
“La Macorina” se convirtió en una leyenda habanera por ser la primera mujer que obtuvo licencia y manejó un auto. Se dice que era una locura observarla manejando su coche a lo largo del Paseo del Prado y el Malecón. A ella se le dedicaron varias compo- siciones musicales.
Resulta igualmente interesante señalar cómo Olga Moré Jiménez con su hacer, logró perdurar en el tiempo y romper fronteras. Esta es su historia: Corrían los años finales de la década del 40, específicamente en 1949, cuando irrumpe en La Habana el pregón de una mujer particular, nacida en el poblado de Cruces, Cienfuegos, el 23 de mayo de 1922. Vivía en el barrio “Los Sitios”, aunque su lugar preferido para vender los tamales era la céntrica y popular esquina de Prado y Neptuno.
Viuda joven y con tres niños se enfrentó a la escasez económica con lo que bien sabía hacer: tamales, con una receta muy personal que nunca divulgó. Los vendía en las calles, en las fiestas y en las casas particulares, con una forma muy suya para atraer a los clientes. Su pregón se convirtió en canción al conocer, cerca del parque de La Normal, en un sitio donde asistía para bailar al flautista, compositor y director de orquesta Antonio José Fajardo que le compone junto a Félix Reina el cha- chachá Olga, la tamalera que rápidamente la orquesta Aragón popularizó en la década del 50.

Olga Moré Jiménez, la tamalera, fue una mujer sencilla y simpática a quien le gustaba el baile y los boleros. La fama de su nombre ha llegado hasta nuestros días y podemos ver hoy cómo algunos pequeños negocios han escogido, a modo de identificación el rótulo: Olga, la tamalera, tal vez porque el valor de las cosas no está en el tiempo en que duran sino en la intensidad con que suceden. Por ello existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.