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Rahab, la protítuta


Actividad recreativa en el Cristo de La Habana, junto a hijos y nietos.

 

Por: P. Martirián Marbán.

Tanto en el libro de Josué como en la Carta a los Hebreos, tras mi nombre se añade: “la prostituta”, aunque alaban mi fe. Recuerden que alrededor de los templos había siempre grupos de prostitutas. Muchas de las ofrendas que hacían los varones a las diosas les daba derecho a pasar unas horas con una mujer, es lo que se llamaba prostitución sagrada.

Yo ejercía la prostitución porque no tenía otro medio de sobrevivir que mi cuerpo. Es verdad que yo tenía familia: padre, madre, hermanos y parientes. Mi padre trabajaba como jornalero y apenas ganaba nada; no teníamos campos ni animales que cuidar. Yo era la mayor y a la edad de doce años, estando bien desarrollada y lozana, una familia pudiente le pidió a mi padre que fuera yo a su casa para ayudar en las tareas del hogar a cambio de la alimentación y el vestido. Como era de buen ver, los varones de la casa se fijaron en mí y comenzaron a violarme. Ello se supo y mi padre no encontró ningún varón que quisiera casarse conmigo. Cansada de estos abusos y casi repudiada hasta por mis parientes, me di cuenta de que lo único que tenía para sobrevivir era mi cuerpo mientras fuera joven, es decir, ejercer la prosti- tución. Pero yo tenía fe a mi manera; sabía que algún dios me tenía que proteger, a mí, una muchacha indefensa, a la que los varones la habían despojado de toda dignidad y que se veía obligada a vender su cuerpo para existir.

Pegada a los muros de la ciudad, había una casa en ruinas y como pude me establecí allí, pues así podía recibir clientes de otras ciudades, a los que de paso le ofrecía también hospedaje. Por ello, me pude enterar de la existencia de los hebreos y de su poderoso dios que iba exterminando los pueblos a su paso.

Cuando llegaron los espías de los hebreos los alojé enseguida en mi casa y conversando con ellos me confirmé en la fe de ese dios que llamaban Yahvé, como Dios de todo el universo, y tuve el presentimiento de que de alguna forma aliviaría mi situación.

Con el tiempo había mejorado la relación con mi familia, pero hubiera sido un deshonor para ellos recibirme en su casa. Yo les ayudaba y cuando venían del campo y traían alguna carga pesada la guardaban en mi casa. Esa es la razón por la que tenía paquetes de lino cuando llegaron los israelitas y estos me sirvieron para esconderlos.

Y en el trato que hicimos para no denunciarles incluí la salvación de toda mi familia.

Efectivamente, ellos y yo cumplimos y después de la conquista de Jericó nos permitieron vivir entre ellos y no nos obligaron a seguir sus costumbres, sino que seguimos con las nuestras.

Sin embargo, yo seguí creyendo en el Dios-Yahvé que nos había salvado del exterminio y aunque reconciliada con mi familia, siempre que podía, asistía a las fiestas que hacían los hebreos en Guilgal, pueblo bien cercano, pero no ejercía la prostitución.

Mi padre había encontrado a un hombre llamado Salmón que venía con los hebreos, y a él me dieron en matrimo- nio. Ya habíamos conseguido casa, tierras y ganado para nuestra subsistencia.

El evangelista Mateo insiste en que yo fui la madre de Booz, el esposo de Rut, uno de los antepasados de Jesús.

El mensaje que les quiero dejar es que en todas las situaciones, incluidas las más difíciles, deben confiar en el Dios de cielo y tierra, que no les abandonará como no me abandonó a mí.

Es imprescindible leer: Josué 2; 6,17. 22-25. Mateo 1,5. Carta a los Hebreos: 11,31