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RECORRER EL LABERINTO

«En el silencio el misterio se revela»


Por: Marco Antonio Vargas Berganza, hermano Marista


El Laberinto es un símbolo muy anti- guo de la sanación y la transformación del cuerpo y del espíritu. Se puede encontrar el laberinto en los pisos de muchas iglesias y catedrales en Europa, se puede ver la imagen del laberinto en el arte religioso de los judíos, de los Hopis, en las culturas de Creta, de Tibet y en otras tradiciones místicas. Durante la Edad Media los cristianos caminaron el laberinto como una meditación y una reflexión sobre la vida espiritual. En algunas culturas el laberinto sirve como prueba o desafío, pero con este laberinto el sendero es seguro, sagrado y se camina con segu- ridad hacia el centro en las manos de Dios.

Aunque recorrer el laberinto pareciera ser una experiencia individualista, el sentido profundo nos conecta con algo esencialmente humano que todos com- partimos: nuestra naturaleza de ser peregrinos y caminantes en la vida. Su recorrido simboliza las tres etapas clásicas del crecimiento espiritual.

1. Caminar hacia el centro (purificación)

2. Permanecer en el centro (iluminación)

3. Salir de nuevo hacia la vida con la transformación obtenida en el centro (unión o unificación)

Cuando comparto la experiencia de caminar el laberinto con otros, constato que nuestra naturaleza de peregrinos en la vida se evidencia, incluso, visualmente, cuando todos caminamos hacia el centro (de nosotros mismos, de nuestra naturaleza, de Dios mismo, del cosmos que se hace presente en un espacio reducido de la Eternidad).

Siempre invito a recorrer este camino en una actitud de silencio acogedor, actitud con la cual vamos atendiendo la presencia del otro como alguien que camina a nuestro lado pero, simultáneamente, a su propio ritmo.

Puede ser que el otro roce y altere nuestro camino, tal y como vamos en la vida, a veces de manera apresurada y frenética; sin embargo, caminar al lado de otros nos permite sentirnos acompañados, aunque no suplantados en el esfuerzo personal de caminar.

Al caminar hacia el centro del laberinto hemos de estar atentos a ir acogiendo los recuerdos, sensaciones, sentimientos, emociones, dudas… que podamos ir percibiendo en nosotros mismos. La idea es que los vayamos acogiendo sin apegarnos a ellos. Incluso podemos pausar nuestro caminar y quedarnos estáticos para verlos pasar como las nubes que transitan en el horizonte. Hay ocasiones que nos puede invadir el deseo de detenernos, de quedarnos paralizados, de pensar en un hecho del pasado. Ello es parte del caminar hacia adentro. No obstante, las pausas que podamos hacer no nos han de impedir el camino hacia el centro, al cual llegamos simplemente con el hecho de hacer el recorrido. No es que busquemos el camino, pues el recorrido es el Camino que nos conduce hacia el centro (Jn 14, 6: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”).

Al llegar al centro del laberinto hemos de retomar lo que hayamos percibido a lo largo del recorrido hecho. Es aquí donde ocurre el milagro de la transformación a través de la iluminación del Espíritu, la gracia de Dios, la oración profunda, como queramos denominarlo. Es el momento de detenernos largamente, todo el tiempo que requiramos. Es el tiempo de sentarnos para acoger la luz de la Palabra, algún Salmo que hayamos preparado previamente y dedicarnos el tiempo que sea necesario para que la conversión se vaya dando, no como algo mágico, sino como la acción de Dios en nuestros recuerdos, sentimientos, emociones, heridas o culpas.

La misma sensación de paz y serenidad que experimentemos será la señal que nos indique que hemos de salir de nuevo y enfrentar, con nuevos bríos, los desafíos y situaciones que la vida nos presenta. Aquí podemos correr el riesgo de permanecer indefinidamente como queriendo estancarnos en la quietud, paz y serenidad que estemos sintiendo. Conviene recordar el pasaje de la Transfiguración, cuando Pedro quiere permanecer en el monte Tabor, por la quietud y belleza de la epifanía del Cristo resplandeciente. Jesús lo invita a bajar de nuevo, a hacer el camino de descenso (Cfr. Mt 17, 1-13; Lc 9, 28-36). En nuestro caso, estamos in- vitados a hacer el camino de retorno a la vida ordinaria; eso sí, fortalecidos e iluminados por la oración y la acción del Espíritu.

El camino de salida del laberinto suele ser más rápido y decidido, con el gozo de querer responder a lo que la vida nos ofrece con sus retos y desafíos, sabiéndonos habitados por esa Fuerza e ímpetu que podemos experimentar.

Yo invito a otras personas y me incluyo también a que, cada vez que nos sintamos agobiados y percibamos que nuestras espaldas no pueden sostener el peso de la vida, a tener la valentía de recorrer el laberinto, en silencio, en profundidad, asumiendo todo lo que un recorrido tan corto, puede aportar de valioso a nuestras vidas.

No importa que no tengamos un diseño como el que aquí presento. Se puede hacer en un simple papel que repro- duzca algunos de los modelos que podamos encontrar.

 
La invitación está hecha. ¿Quieres aceptar el reto de una vida plenamente consciente de que siempre  estamos en camino? y que, como diría -parafraseándola- una oración de la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos): Prefiero tu Luz centelleante e iluminadora, a mi bombillo fijo y estático que me hace pensar que ya he llegado a la meta.