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Por: Maria Amelia González.

Cuando parece que ya no nos quedan fuerzas y perdemos la esperanza, cuando cargamos con nuestras cruces diarias y nos concentrados en nuestros problemas con el egoísmo y el egocentrismo de que son los más grandes, entonces recurrimos a una oración desesperada, desconfiada, quejosa e impotente, nos sumidos en el fracaso.

La duda, el dejarnos invadir por los miedos y las incertidumbres es humano, normal, lógico, le ocurre, generalmente, a todos. Reconocer que somos débiles y necesitamos de la misericordia divina es un acto de sinceridad y fe. Es entonces donde nos percatamos que nunca estamos solos, que Él siempre está ahí y la promesa de que estará con nosotros hasta el fin nos hace crecer, levanta y conmueve.

En estos tiempos difíciles de carencias, desarraigo, separaciones y desesperanza no podemos bajar la frente ni los brazos. Él sigue aquí en nuestro día a día con su paciencia, su amor y su promesa. Es el momento de levantarnos y ayudar al que ha tropezado, dudado o ya no espera nada .Es el momento de pasar de ser cireneos, verónicas y juanes a ser las mujeres al pie de sepulcro y llevar a los demás sin miedo, con alegría, la Buena Nueva, la esperanza del Resucitado, la luz en medio de tanta oscuridad.

Él no nos ha dejado, él sigue aquí en nuestro camino, en la lucha diaria, en nuestras caídas y debilidades. Él no es lejano ni ajeno a nuestra realidad, se queda con nosotros y nos mueve a ser diferentes, a cambiar, a confiar.