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Homilía SER Nuncio Apostólico, Mons. Antoine Camilleri

 

Catedral, La Habana

Queridos hermanos y hermanas,


Con este típico saludo cristiano - típico por la filiación divina que hemos recibido mediante la gracia derramada sobre nosotros con el evento pascual de la Resurrección de Jesucristo que estamos celebrando esta semana-, quisiera acoger y agradecer con un único abrazo a todos ustedes que se han reunido esta tarde en esta majestuosa Catedral: obispos y sacerdotes, autoridades del estado encabezadas por el Señor Presidente de la República, cuya presencia agradezco encarecidamente, y colegas diplomáticos, representantes de otras comunidades cristianas y confesiones religiosas, personas consagradas y fieles, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes. Así lo hubiera querido nuestro amado Papa Francisco  que,  con  su  enseñanza constante e iluminada, nos instó a reconocer a nuestro prójimo, sea quien sea, sea cual sea su fe, su nacionalidad o sus ideas, como hermano, como hermana. Somos todos hermanos, nos escribió en su carta encíclica Fratelli tutti, todos miembros de la misma familia humana, hijos de un mismo Padre que nos ama y nos ofrece la salvación.

Los acojo aquí en esta ocasión sombría y gozosa al mismo tiempo por tener el privilegio de ser el Representante Pontificio en este País y también en nombre de mi hermano, el Cardenal Arzobispo de La Habana, Pastor de esta porción del pueblo de Dios, que ya se encuentra en el Vaticano para cumplir con sus deberes en el proceso de elección del nuevo Pastor de la Iglesia Universal. Estamos aquí porque todos -cada uno por su propia manera y sus propios motivos- hemos querido al Papa Francisco, lo hemos respetado y admirado, y reconocemos el gran don a la humanidad que ha sido su pontificado.

El Papa Francisco partió de este mundo a los 88 años, tras una vida de entrega y servicio al Señor, a Su Iglesia y a la humanidad entera. Todos -quien más, quien menos- nos sentimos un poco huérfanos. Porque Francisco no era solo el “Santo Padre” de los católicos, como se suele llamar al Sumo Pontífice, al Obispo de Roma. Era un padre y, por eso, una autoridad moral, para todos, sin distinción o discriminación alguna, con una atención especial para los últimos, los marginados, los vulnerables, los migrantes, los niños, los ancianos, los excluidos, aquellos que sienten que no encajan en ningún lugar.

Como él mismo expresó en diversas ocasiones, su misión fue “acercar la Iglesia a la gente” y “hacer sentir a todos el amor de Dios”. De hecho, con sus palabras y sus gestos el Papa Francisco nos mostró que el corazón de Dios es el lugar donde todos nos sentimos en casa, donde en nuestro encuentro con la Verdad que es Amor, experimentamos acogida, consuelo, compasión, ternura y valentía para mejorarnos, levantarnos e ir adelante a pesar de las dificultades y las imperfecciones que obstaculizan nuestro camino hacia Él.

Me impactó un comentario que leí en internet, escrito por una persona que quería quedarse anónima: “Francisco no fue solo un Papa. Fue un gesto. Una caricia al alma herida de esta humanidad que a veces olvida que Dios también camina descalzo. Fue un pastor que olía a oveja, como él mismo deseaba. Fue la ternura hecha palabra, la compasión vestida de blanco. Un jesuita que eligió llamarse Francisco —como el santo que abrazó la pobreza y predicó a los pájaros— para recordarnos que la verdadera grandeza se viste de sencillez. Y vaya que lo logró.”

Esta tarde nos reunimos para rezar por nuestro querido Papa Francisco y para agradecer a Dios el don inva- luable de su ejemplo, de sus enseñanzas y de su guía sabia y paterna que ha iluminado a la Iglesia y al mundo durante doce años, un mes y ocho días. Indudablemente es un momento de dolor y de duelo, pero también de confianza y de esperanza, sabiendo que Dios acoge en su seno a todos sus siervos fieles. Desde el lugar de su descanso eterno el Papa Francisco seguirá hablándonos e intercediendo por el mundo y por la comunidad de los fieles que creen en Cristo y en el Evangelio.

Nos deja su compromiso con la fraternidad y la justicia social, su compromiso inquebrantable por la paz, el bien común y el entendimiento entre diferentes religiones y culturas, su promoción del respeto y la cooperación con todas las personas de buena voluntad. La lucha por la ecología, en un sentido integral que no disociaba al hombre de ella, encontró en él un ferviente defensor y su encíclica Laudato si' llama la atención sobre la urgencia y la necesidad de actuar con tiempo y juntos para preservar nuestra casa común. Su com- promiso con el diálogo ecuménico e interreligioso, su apuesta por la paz, incluso en los conflictos olvidados, sus iniciativas de reconciliación entre naciones y su denuncia sin reservas de la guerra, han hecho de él una valiente voz de fraternidad que encontró su máxima expresión en la encíclica Fratelli tutti.

Viniendo desde “casi el fin del mundo”, como lo dijo él mismo la noche de su elección a la sede de Pedro ese 13 de marzo de 2013, fue inevitable que aportara una perspectiva diferente e innovadora a todo lo que implicaba la misión del Romano Pontífice, una perspectiva que algunos analistas tildaron de “magallánica” por la profundidad y la extensión en el tiempo de su impacto. Sin embargo, su iluminado Magisterio, inspirado por una fe profunda y una interpretación fiel de la Sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia, y sus decisiones de gobierno en la Iglesia, basadas en el amor y la verdad, estaban en estricta continuidad con lo que cumplieron sus predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI.

A muchos de nosotros, el Papa Francisco nos sorprendió desde el primer momento con su humildad y sencillez, acogiendo un estilo de vida simple y cercano que fue un reflejo del amor de Cristo que se expresa en el servicio hacia el prójimo. Todos los años, como parte de las tradiciones de Semana Santa, en la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo, celebraba la Eucaristía con los presos. Este año, no pudiendo celebrar la Misa por su enfermedad, cumplió igualmente una visita a la cárcel en Roma porque, según lo que él mismo afirmó: “Me gusta hacer cada año lo que Jesús hizo el Jueves Santo, el lavatorio de los pies, en la cárcel”. Y, dirigiéndose a los que estaban presentes añadió: “Este año no puedo hacerlo, pero sí puedo y quiero estar cerca de ustedes. Rezo por ustedes y por sus familias”. Fue su último Jueves Santo, un anticipo de su despedida de este mundo cuatro días después.

Y, a pesar del peso de las responsa- bilidades que llevaba en los hombros y la incomprensión que sufría, hasta dentro de la Iglesia, nunca perdió su sentido del humor que combinaba inteligencia, astucia y elegancia. Yo tuve el privilegio de trabajar muy cerca de él durante seis años y medio en el Vaticano, y lo pude notar personalmente. Más recientemente, tuve la dicha de tener una audiencia con él; el pasado 6 de febrero me recibió en la Casa Santa Marta donde residía y, entre muchas cosas, me dejó con un consejo: “en ninguna circunstancia de la vida perder el sentido del humor”. Porque también el saber reír es un don de Dios por el que hay que rezar y, como solía decir, “un cristiano infeliz, triste, insatisfecho –o, peor todavía, resentido y rencoroso– no es creíble”.

En esa misma audiencia no pudo faltar que habláramos de Cuba. El Papa Francisco quería mucho a este país, a la iglesia en Cuba y al pueblo cubano, y se le veía en la cara y en los ojos cuando contaba del viaje apostólico que cumplió en Cuba entre el 19 y 22 de septiembre de 2015, visitando las ciudades de La Habana, Holguín, Santiago de Cuba y el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, y del otro, más breve, del 12 de febrero de 2016, para su encuentro histórico con el Patriarca ortodoxo de Moscú en el Aeropuerto Internacional José Martí. Esas experiencias dejaron una huella muy profunda en su alma.

Guardaba afecto y admiración por este pueblo que, según sus mismas palabras, “es un pueblo que tiene gusto por la fiesta, por la amistad, por las cosas bellas. Es un pueblo que camina, que canta y alaba. Es un pueblo que tiene heridas, como todo pueblo, pero que sabe estar con los brazos abiertos, que marcha con esperanza, porque su vocación es de grandeza” (20 de septiembre de 2015). Y pensaba en él y rezaba por él. Como pueblo y como Iglesia que peregrina en la Isla, nosotros correspondemos este cariño y esta admiración, reconociendo en el Papa Francisco un verdadero Pastor que nunca abandona a su rebaño y siempre lo acompaña con su oración y sus palabras de aliento, de esperanza y de bendición.

Esa es la misma bendición al pueblo de Dios y a la familia humana a él confiada, con la que, impartiéndola urbi et orbi, dio comienzo, la noche de su elección, y puso fin, en el pasado domingo de Pascua, a su misión como Supremo Pastor de la Iglesia Universal.

Queridos hermanos y hermanas: en este día de oración, encomendemos al Papa Francisco a la misericordia de Dios. Hasta en su lema episcopal quiso poner la misericordia como programa de vida. Con gratitud por su vida y su ministerio, le decimos: “Francisco, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz”. Que su ejemplo nos inspire a seguir caminando juntos en la fe, la esperanza y el amor, confiando siempre en la misericordia de Dios.

Concluyo con la oración a nuestra Madre, la Virgen de la Caridad del Cobre, pronunciada por el Papa Francisco el día del 21 de septiembre de 2015 en esta bendecida tierra cubana: ¡Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba! … Ruega por nosotros ante tu Hijo Jesucristo, intercede por nosotros con tu corazón maternal, inundado de la caridad del Espíritu. Acrecienta nuestra fe, aviva la esperanza, aumenta y fortalece en nosotros el amor.

Amén.