Solo Jesús consagra la dignidad de la mujer
Texto: EULALIO M. SOSA FELLAVE
La oración cotidiana del pueblo hebreo decía:
“Gracias Señor, bendito Dios nuestro, por no haberme hecho gentil, ni ignorante; mientras que la mujer se resignaba a repetir, Loado seas, Señor, por haberme creado según tu voluntad”.
Desde esta oración se pone de manifiesto el menosprecio a la dignidad de la mujer.
Solo Jesucristo consagra la dignidad de la mujer.
Esta consagración tuvo lugar el día de la Anunciación, donde el Señor quiso nacer de una mujer.
María, en quien se encarna el ideal de la mujer, pues ella dio nacimiento al Príncipe de la Vida.
La historia nos revela que el papel de la mujer ha sido disminuido a simple maternidad y criadora de sus hijos, sin una participación activa en la sociedad de su tiempo. Cuántas mujeres fueron rechazadas por sus esposos por no engendrarle un hijo varón, cuantas reinas fueron despojadas de sus derechos y condenadas a veces a la soledad de una torre, por no proporcionar un descendiente varón al trono.
En algunas culturas actuales, si un matrimonio no tiene descendencia masculina, transcurridos varios años, le corresponde a la suegra del hombre conseguirle una segunda esposa para tener un descendiente varón, lo cual implica una evidente injusticia.En el relato del Génesis (1,27) leemos:
“Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Hombre y mujer los creó”.
Es decir, Dios no expresa ninguna diferencia entre ellos, pues tienen la misma dignidad como criaturas creadas a imagen y semejanza del Señor.
Esta diferencia sexual encierra la necesidad del ser humano de vivir en sociedad.
“No es bueno que el hombre este solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él” (Gén 2,18).
Esto significa que, en el plan de la creación, la mujer completa al hombre haciéndolo su esposo, su compañero.
La mujer no solo da principio a la vida en la sociedad, sino que es también la madre de todos los vivientes. Así, la Biblia la identifica con la vida. La mujer es, según el sentido de su nombre de naturaleza, Eva, la viviente (Gén 3,20).
EL Apocalipsis magnifica a la mujer, aquella coronada de estrellas, aquella que da a luz al hijo varón y que se ve perseguida en el desierto por el dragón, pero que debe triunfar sobre el por su hijo ( Ap. 12)
Esta mujer es la Iglesia, nueva Eva que da nacimiento al cuerpo de Cristo; es María, que representa el prototipo de la mujer, de la que toda mujer desea ser íntimamente.