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Ester, la intercesora


Por: P. Martirián Marbán

Qué de sorpresas nos reserva Dios en la vida.

Yo era una jovencita huérfana, criada por mi tío Mardoqueo. Él tuvo una educación exquisita y por eso fue llamado junto al rey Asuero para que le ayudara como ministro en los asuntos del gobierno. Ambos éramos judíos y vivíamos en Susa, capital de Persia, en lo que hoy llaman Oriente Medio. Éramos exiliados.

Cuando el rey necesitó una nueva reina convocó a las jovencitas de su inmenso imperio que abarcaba 127 provincias.

La Biblia dice que yo era de buena presencia y lindo rostro. Cuando me presentaron ante el rey, en seguida, admirado de mi belleza se enamoró de mí y me coronó reina.
Mi pueblo judío tenía un gran enemigo: Amán, superministro del rey Asuero. Le incomodaban nuestras costumbres y sobre todo que solo nos postráramos de rodillas ante el Dios verdadero y no ante él. Un día, valiéndose de la confianza que el rey le había depositado, decretó el extermino de todos los judíos en las 127 provincias del imperio.

¿Qué hacer? Todos los judíos ayunamos durante tres días y elevamos oraciones angustiosas al Todopoderoso: “Salva a tu pueblo”. “Sálvanos con tu mano”. “Escucha la voz de estos desesperados”. “Líbranos de las manos de los malos”.

La única posibilidad que nos quedaba era que yo fuese personalmente a solicitar al rey la anulación del decreto. Pero yo estaba muerta de miedo, pues se condenaba a muerte a quien se atreviera a presentarse ante el rey sin haber sido llamado. Arriesgándome y dispuesta a morir me puse los mejores vestidos y me presenté ante él. Débil como estaba por el ayuno me desmayé en su presencia. El rey, en principio, me miró enojado, pero inmediatamente Dios permitió que su corazón se llenara de bondad de tal forma que prometió cumplir mis deseos e incluso darme la mitad de su reino. Le invité a dos banquetes sucesivos junto con el superministro Amán y ahí le señalé que este Amán no solo era nuestro enemigo sino también conspiraba contra el rey. Entonces ordenó ahorcarlo y colocó en su lugar a mi tío Mardoqueo que ya en otra ocasión le había librado de otra conspiración.

Luego se expidió otro decreto protegiendo a los judíos de las 127 provincias del imperio persa. Y así se salvó mi pueblo del exterminio. Se convocaron festejos para conmemorar este acontecimiento y se llamaron Purim.

Hasta aquí mi historia. Ahora saquen ustedes las consecuencias.

Mi pueblo llamó a Dios y fue escuchado. Dios siempre está presente, nunca abandona. Aunque a veces Dios calla de una forma u otra siempre responde. Con la oración insistente y confiada se experimenta esa presencia y nos da valentía y coraje para emprender acciones que sobrepasan nuestras capacidades.

Por haber intercedido en favor de mi pueblo, algunos me han considerado un anticipo de la Virgen María, de lo cual me siento muy orgullosa.

Para comprender mejor es necesario leer el libro de Ester en la Biblia.