Herodías, la asesina de Juan el Bautista
Por: P. Martirián Marbán
Soy diferente a las figuras femeninas bíblicas que hasta ahora han aparecido en esta revista. Las otras han mostrado obras a favor del pueblo o han sido cercanas a Jesús, yo, en cambio, aparezco como la mala del paseo. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Mi educación, mis dioses y mis sentimientos me llevaron por un camino en el que no podía prever las consecuencias de mis acciones. Ustedes conocen mi historia por los evangelistas, no obstante, la sintetizaré:
Me habían dado por esposo a Filipo, hermanastro de Herodes Antipas. Recuerden que en aquel tiempo las mujeres dependíamos totalmente de los varones, hasta para darnos en matrimonio. Todo era como la lotería, podía resultar un premio o un fracaso.
Yo era una mujer de iniciativas y con Filipo nunca podía desarrollarme. No nos entendíamos, pues él quería una esposa sumisa en todo. A mí me habían contado que su papá, Herodes el Grande, había matado a varias esposas. Con tantas desavenencias como teníamos, empecé a temer por mi vida. Además, el emperador romano le había medio desterrado en Roma y no tenía ningún título.
Así andaban las cosas cuando su hermanastro, Herodes Antipas, vino a Roma y nos visitó. Desde el primer momento sintonizamos, nos enamoramos y Filipo se dio cuenta. Ahí sí que empecé a temer por mi vida. Planeamos la fuga lo más rápido posible y como Filipo estaba confinado en Roma no nos podía perseguir.
Con astucia y la complicidad de una esclava pude deslizar en la copa de Filipo un fuerte somnífero que le mantuvo dormido hasta casi el mediodía, mientras yo, de madrugada, con la excusa de ir a un mercado en el campo me
uní a la caravana de Herodes en las afueras de Roma. Cuando Filipo se dio cuenta de mi huida ya habíamos tomado un barco desde Puteoli, cerca de Roma, hasta Tolemaida, en nuestra Palestina.
Yo tuve que divorciarme de Filipo y Herodes, a su vez, de su legítima esposa. Todo ello estaba muy mal visto por la sociedad de nuestro tiempo pero qué íbamos a hacer si estábamos perdidamente enamorados el uno del otro.
Nos establecimos en Tiberíades, a las orillas del lago de Galilea. Herodes había fundado esta ciudad en honor a Tiberio, el emperador romano al que le debía muchos favores. Los galileos nos odiaban porque teníamos que cobrarles muchos impuestos para pagar al imperio romano y vivir lujosamente pero no teníamos otro remedio. Estábamos obligados a celebrar muchas fiestas y viajes costosos, a relacionarnos bien con los notables de aquel tiempo para no perder el puesto privilegiado del que gozábamos.
Todo estaba más o menos tranquilo hasta que apareció un tal Juan, llamado profeta, que sucio y semidesnudo empezó a divulgar que Herodes me había raptado. Solo faltaba esa chispa para incendiar los resentimientos.
Como Herodes me hacía más caso que Filipo, le insté a que callara esa voz inquietante encarcelando al que ya algunos llamaban el Libertador de Israel. Me hizo caso, pero como estaba intranquilo de vez en cuando iba a visitarle a la propia cárcel y hasta le escuchaba con gusto. Valoraba en Juan su coherencia de vida y su fe en el Dios de Israel, además del prestigio que tenía entre el pueblo ignorante. Cada vez que venía de esas visitas yo le hacía cambiar de ropa y bañarse no nos fuera a contaminar con cualquier enfermedad que tuviese ese andrajoso profeta. Las cárceles de entonces estaban llenas de virus.
Como era mujer de iniciativas, siempre andaba pensando cómo nos podíamos deshacer de ese Juan. La ocasión llegó que ni pintada, con motivo del cumpleaños de Herodes. Eso ya lo cuentan los evangelistas.
Pero ahí no acabó todo. Mi intranquilo esposo empezó a tener remordimientos cuando apareció un tal Jesús, al que la gente tenía como libertador de los opresores, es decir, de nosotros. Herodes pensaba que Juan había resucitado en ese Jesús y tenía muchas ganas de verlo. Se presentó la oportunidad cuando, una vez preso, el gobernador romano Pilatos nos envió a aquel Jesús, andrajoso y maloliente. Yo ni me acerqué a él pues temía contaminarme con algún piojo. Además, el creído no se dignó a responder ninguna pregunta de Herodes. Por eso lo devolvió con un manto blanco como si fuera un loco.
Yo acompañé a Herodes de nuevo a Roma pues queríamos que nos dieran título de reyes sobre una parte de Palestina. Nuestra gestión resultó fallida pues fuimos desterrados a Las Galias y ahí terminaron nuestras vidas. Por lo menos tuve algo positivo: acompañar hasta el final a mi Herodes.
Con entera sinceridad les digo que no supe aprovechar los encuentros con Juan Bautista y con Jesús. No supe aprovechar la ocasión para hacer la verdad en mi vida y haberle descubierto un sentido que me hubiera dado alegría y paz.
Ustedes sí, ahora saben que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Aprovéchenlo.
Para comprender mejor este relato es imprescindible leer: Marcos 6, 14-29; Lucas 9,7-9; Lucas 23, 7-12.