La Iglesia en su sabiduría litúrgica nos permite cada año entrar de nuevo en el misterio de la Navidad. Sí, misterio a contemplar y a vivir de manera diferente en cada ocasión y que siempre nos traerá una nueva dimensión. La Navidad nos habla del gran amor de Dios para la humanidad de todos los tiempos. Dios que toma carne en las entrañas de una mujer, María, la Madre del Emmanuel, del Dios con nosotros.
Todos buscamos en nuestras vidas la felicidad; ese es el anhelo interior que habita en toda persona, buscamos igualmente el sentido profundo de lo que somos y vivimos. Cada día nos damos cuenta de que estamos hechos para una vida mejor de la que vivimos o llevamos.
Cuando salimos a la calle nos sorprende encontrar a tantas personas con los rostros tristes, preocupados, angustiados; pocas veces observamos personas sonrientes, abiertas, felices de caminar a nuestro lado. El otro día felicité a alguien porque llegó sonriente, no nos conocíamos, y le dije: Hacía tiempo que no me encontraba con un desconocido que me regalara su sonrisa. Y esa persona se sonreía más al reflejarle su actitud tan gratuita. Comenzamos a hablar y en verdad no tenía muchos motivos para sonreír, pero ella misma me dijo que era una mujer de fe.
Adviento y Navidad tienen hoy características especiales para nosotros pues están enmarcados dentro del Año Jubilar Mariano y el Año de la Fe. Todo ello nos invita a hacer un alto y preguntarnos: ¿Qué deseo vivir yo en esta ocasión? y ¿qué deseo que vivan mis seres queridos y mi pueblo?
La Palabra de Dios es la mejor manera de orientar y realizar la vida:
“El ángel le anunció a los pastores: Vengo a comunicarles una Buena Noticia, que será motivo de alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor.
Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
Nuestro pueblo necesita conocer que: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, que nació de mujer”. El Dios que se hizo hombre en las entrañas de una mujer de pueblo: la Virgen María, la Virgen de la Caridad para nosotros y se alegraría si supiera el mensaje que le transmitió el ángel a los pastores: “Vengo a comunicarles una Buena Noticia, que será motivo de alegría para todo el pueblo”.
Nuestro pueblo necesita saber que “ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor”, y para ello necesita que alguien se lo proclame y sería feliz si conociera que el Salvador, el Mesías y el Señor no es un Dios lejano, sino cercano. Un Dios que puede colmar sus corazones de paz y amor.
Cuba debe aprender a buscar los pequeños signos que son grandes para Dios: “Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Entonces las personas cambiarían su rostro triste, angustiado, si supieran que tenemos el derecho a ser hijos de Dios: “…para que así recibiéramos nuestros derechos como hijos. Ustedes ahora son hijos…”
Vivamos hoy en lo más profundo de nuestro ser este tiempo de Adviento y Navidad lleno de gracia tras gracia para todos. ¡Que nuestro pueblo se alegre porque tiene un Salvador, el Dios con nosotros!
