Martha Robin
Por: Hno: Jesús Bayo, fms.
Martha Robin nació el 13 de marzo de 1902 en Châteauneuf-de-Galaure (Drôme), Francia. Fue la sexta hija de una familia campesina. Era piadosa pero de frágil salud. Hija de su tiempo, a los catorce años dejó la escuela para ayudar a su familia en los trabajos del campo, lo cual era natural y casi obligado en aquel ambiente rural.
El año 1918 se enfermó de encefalitis y no recuperaría ya plenamente la salud. En 1919 tuvo una visión alentadora de la Santísima Virgen María. En 1925 dio un giro su vida hacia la entrega al Señor y redactó su “acto de consagración a Dios”, y a partir de entonces, su vida sería una sucesión de fenómenos extraordinarios. En 1929 se agravó su enfermedad con una tetraplejia, parálisis generalizada que incluía el canal alimenticio. En 1930 le aparecen los estigmas del crucificado y sufre los dolores de la pasión de Cristo todos los viernes hasta 1981. A partir de 1932, prácticamente no ingería alimentos y dormía muy poco, lo que resultaba un fenómeno extraño, considerado por muchos como milagroso por su frágil y enfermiza constitución física. Después de comulgar se sentía renovada, pues consideraba la eucaristía como alimento corporal y espiritual.
El P. Georges Finet, de la diócesis de Lyon, fue su director espiritual e interlocutor a partir de 1936. Él fue testigo de su pasión semanal y colaborador para fundar los “hogares de caridad” por inspiración de Martha.
Esta mujer enferma, paralítica y sin salir casi de su casa iluminará el mundo entero. Será visitada por más de 100.000 personas. Muchos médicos trataron de hacer un diagnóstico de locura sin que pudieran explicar su vida extraordinaria. También fue interrogada por intelectuales; entre ellos, el filósofo Jean Guitton que escribió una de sus biografías.
Martha confiará a su director espiritual la intuición profética de los “hogares de la caridad” que cuentan actualmente con un centenar de comunidades repartidas por todo el mundo, aunque la fundadora nunca salió de su habitación. A partir de ellos, según Martha Robin, surgirá en la Iglesia un “nuevo Pentecostés” del amor y nacerá un ejército de “laicos consagrados” en el mundo al servicio de los demás.
Martha Robin dejó pocos escritos de su propia mano porque no podía escribir, pero dictaba sus pensamientos a quienes la escuchaban con atención como discípulos de su experiencia mística laical. Su espiritualidad tiende a renovar la Iglesia mediante la sencillez, la cercanía, el amor y la amabilidad sobrenatural hacia las personas, la intuición para ver los signos de los tiempos en las cosas contingentes y la unión con Cristo, ya sea en las cosas comunes o extraordinarias. Guitton y Mottet, dos escritores contemporáneos de esta mística, han escrito abundantemente sobre la estigmatizada francesa del siglo XX. Martha Robin nunca perdió la voz, y hablaba con diversas modulaciones según el mensaje que comunicaba. Padeció no solo por causa de su enfermedad sino por la incomprensión y por los sufrimientos morales, pues no le faltaron adversarios y críticos. Hasta el día de hoy algunas personas críticas consideran una mentira su prolongada enfermedad y sus fenómenos místicos. A pesar de todo, cuando murió en 1981, unas 7.000 personas asistieron a sus funerales. Los hogares de caridad que ella inspiró se han extendido por el mundo.
El 8 de noviembre del 2014 fueron reconocidas sus virtudes heroicas y el papa Francisco le declaró “Venerable”. Se trata de una campesina y de una mujer enferma y frágil que en pleno siglo XX inspiró y desconcertó a mucha gente. Ella vivió en cama mientras se desarrollaba el concilio Vaticano II, pero oraba intensamente por su feliz desarrollo. Es una mística que aparece como signo de fe en medio de la secularización que invadió a Francia y Europa durante la segunda mitad del siglo XX. Es probable que en el siglo XXI su vida de sufrimiento con amor se encienda como una llama luminosa.
Fragmentos de sus escritos
“Me entrego y me abandono a ti, Padre mío y Dios eterno, Amor infinito. Tú has pedido todo a tu pequeña víctima; tómalo, pues, y recibe todo. En este día me entrego y me consagro enteramente a ti para siempre y sin retorno. Oh, Amado de mi alma, dulce Jesús. Solo a Ti te amo y por tu amor renuncio a todo. Dios mío, toma mi memoria y todos sus recuerdos, toma mi corazón y todos sus afectos; toma mi inteligencia y todas sus facultades, para que ellas sirvan a tu mayor gloria… Toma mi voluntad toda entera pues a la Tuya la entrego por siempre. No quiero nada más, dulcísimo Jesús, sino lo que tú desees. Tómame, acógeme, dirígeme, guíame. A ti me entrego y me abandono. Yo me abandono a ti como una pequeña hostia de amor, de alabanza y de acción de gracias para gloria de tu santo nombre, para gozo de tu amor, para el triunfo de tu Sagrado Corazón y para el perfecto cumplimiento de todos tus designios hacia mí”
(Acto de Abandono, 1925)
“A ti, Jesús, te doy las fuerzas de mi ser. No me importa nada sino conocerte bien. El pasado y el futuro no son nada para mí. En el presente, sólo el amor es mi ley. Yo con Él no puedo tener más dudas. No sé nada más, sino solo amar. Tengo más necesidad de amor que del aire para respirar. Siento siempre mi corazón que late en mi pecho, mas suspiro tras la alianza divina”
(Dictados, 22/10/1936).
“Jesús es para mí el libro de los libros, en el que puedo leer incesantemente y sin fatiga. Con este libro el Señor me ha enseñado todo lo que sé y lo que debo decir; desde el sagrario me habla, y me ha saciado cuando tenía hambre de cosas buenas y bellas que superan toda descripción. Siempre he sentido que Nuestro Señor no quería que yo leyese; de lo contrario, me habría dado los medios”
(Dictados, 1939).