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Raquel, la madre de los que sufren con esperanza


Por: P. Martirián Marbán

Mi nombre significa “Dios suave” y no oveja como me han aplicado muchas veces.

Tal vez conocen por el Libro del Génesis (capítulos 29-35), primer libro de la Biblia cómo fue mi vida; la sintetizaré:

Mi papá se llamaba Labán y mi hermana mayor Lía o Lea como dicen ahora. Desde pequeñas mi papá nos puso a pastorear ovejas. Así pasó nuestra niñez y adolescencia. Entonces no había jardines de infancia ni escuelas. Éramos semi nómadas y nos asentábamos donde hubiera agua y buenos pastos para las ovejas. Ya jovencitas fuimos blanco de las miradas de los pastores y nosotras interesadas ya por algunos varones, en nuestro interior, claro está, pues era imposible manifestarlo externamente en aquella cultura patriarcal machista de la cual quedan muchas actitudes hoy.

Nuestro padre decidiría cuándo y con quién nos casaríamos, es decir quién sería el dueño total de nuestra persona.
Un día, cuando me acercaba al pozo para dar de beber a las ovejas pues ya cuidaba yo sola uno de los rebaños de mi padre, Labán, vi a un viajero que quitó la gran piedra de la boca del pozo, sacó agua para mis ovejas, se acercó hacia mí, me besó y estalló en un fuerte llanto. Cómo me latía el corazón, fue amor a primera vista. Me dijo que era hijo de Rebeca, hermana de mi padre. Éramos primos. Dejé el rebaño con él y fui corriendo a la carpa de mi papá para contárselo. En cuanto mi papá supo que el viajero, Jacob, era hijo de su hermana Rebeca, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. Luego lo hizo entrar a su carpa y yo encantada con este primo.

Jacob se quedó a vivir con nosotros. En seguida me di cuenta de que estaba enamorado de mí como yo de él. Debo decir, modestamente, que la Biblia afirma que yo era hermosa de pies a cabeza.

Salté de alegría cuando me enteré de que Jacob había dicho a mi papá: “Por Raquel, tu hija menor trabajaré siete años para ti”.

Tanto a Jacob como a mí, los siete años se nos hicieron unos días de tanto amor que nos teníamos. Tan apasionados estábamos que no caímos en cuenta de nuestras costumbres ancestrales: primero se casaba la mayor y luego la menor. Por ello mi papá Labán casó primero a mi hermana Lía y luego a mí. Los varones podían tener varias esposas. Yo fui privilegiada con el amor de Jacob.

Pero como no hay nada completo, resulta que Lía tenía hijos y yo no. La maternidad, sobre todo de varones, era lo que nos daba prestigio y reconocimiento a las mujeres en aquel tiempo.

Según las costumbres nuestros esposos podían tener relaciones con nuestras esclavas y los hijos concebidos eran considerados nuestros. Eso hice yo con mi esclava Bihlá de la que nacieron dos hijos. Finalmente, yo concebí también y tuve un hijo llamado José. Y aunque por motivo de la maternidad tuve muchas disputas con mi hermana Lía que era mucho más fecunda que yo, no por ello dejamos de comportarnos como hermanas y esposas de Jacob. Le ayudamos en todo cuando él decidió separarse de nuestro padre Labán, que era muy ambicioso y constantemente le engañaba a él y a nosotras.

Jacob preparó su huida con nosotras y yo hasta escondí y me llevé los ídolos familiares de mi padre que se había comportado tan mal con nosotras. Entonces no podíamos ni imaginar la existencia de Dios como ustedes.

Yo quedé de nuevo embarazada y me puse de parto cerca de Belén. Un parto muy penoso. Llegué a saber que era un varón, Benjamín, e inmediatamente di mi último suspiro. Fui enterrada en el camino de Belén o Efratá.

Mi sepulcro fue muy visitado hasta hoy y la memoria de mi vida quedó de tal forma en el pueblo que 1.000 años después, cuando el pueblo fue al exilio por el camino de Belén, se acordaron de que yo lloraba por ellos (Jeremías 31,15) y 1.600 años después, cuando sucedió la matanza de los inocentes por orden de Herodes para matar a Jesús (Mateo 3,18), el pueblo fue al exilio por el camino de Belén se volvieron a acordar como si yo fuera la madre de los que sufren.

Y estas son palabras del papa Francisco en la audiencia general del 4 de enero de 2017:

“Raquel contiene en sí el dolor de todas las madres del mundo, de todo tiempo, y las lágrimas de todo ser humano que llora pérdidas irreparables.

Al dolor y al llanto amargo de Raquel, el Señor responde con una promesa que ahora puede ser para ella motivo de verdadera consolación: el pueblo podrá regresar del exilio y vivir en la fe, libre, la propia relación con Dios.

También las lágrimas de María, como aquellas de Raquel, han generado esperanza y nueva vida.”

En medio de las vicisitudes y problemas de nuestra vida siempre está presente el Dios de la Vida que nunca nos abandona.

Para entender mejor la vida de Raquel hay que leer los capítulos 29 al 35 del primer libro de la Biblia, Génesis.