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Tamar, la de conducta escandalosa


Por: P. Martirián Marbán

Hoy algunos se preguntarán por qué la Biblia no condena mi conducta, más bien, la ensalzan y me nombran entre los antepasados de Jesús. Es necesario que comprendan que la ética, las costumbres y la moral de nuestra época eran muy diferentes a la de hoy. Por ello, intentaré explicárselas.

Judá, uno de los doce hijos de Jacob, vino a nuestra tierra, Adulam, en Canaám. Allí tomó esposa y tuvo tres hijos varones. El mayor se llamaba Er. Cuando Er creció le pidió a mi papá que yo, Tamar, fuera su esposa. En aquel tiempo todos éramos pastores y también cultivábamos la tierra. Al poco tiempo de casarnos, un rayo mató a Er mientras estaba en el campo. No nos había dado tiempo a quedar embarazada. Algunos lo interpretaron como un castigo de Dios.

En aquel tiempo existía como costumbre la ley del levirato, es decir, cuando moría un varón sin tener hijos, el pariente más próximo, en este caso, el hermano, debía casarse con la viuda y el primer hijo varón que tuvieran debía llamarse como el difunto; se tenía como hijo de él, por lo tanto, se convertía en el primogénito y heredaba prácticamente todo. Los demás descendientes contaban poco.
Por ello, Judá, mi suegro, me dio a Onán, hermano de Er, como esposo.

Onán era orgulloso y no aceptaba que su primer hijo varón fuera considerado como hijo de su hermano. Es por eso que en nuestras relaciones íntimas se las arreglaba para que yo no quedara embarazada, aunque entonces no existían los condones, ni otros métodos.

No cumplir con la obligación de dar descendencia al hermano fallecido estaba muy mal visto tanto por nosotros como por nuestras creencias acerca de Dios. Por ello Onán empezó a ser mal visto por los cananeos, la gente de mi pueblo. Entonces, en una fiesta en la que muchos bebieron demasiado comenzó una disputa, se enredaron a golpes y mataron a Onán.

Yo me quedé confundida y enojada ya que tener muchos hijos varones les daba a las mujeres prestigio y relevancia social. Pero yo tenía una esperanza: a Judá le quedaba otro hijo, Sela, pero era todavía pequeño para que me lo dieran por esposo. Por ello, mi suegro me mandó de vuelta, como viuda, a la casa de mi padre.

Vivíamos en Timna, pueblo cercano al de Judá. Un día me enteré de que Sela había crecido pero Judá no me lo daba como esposo. Pensaba que yo tenía una especie de maldición y por eso habían muerto Er y Onán. No se había dado cuenta de que el comportamiento de ambos no era el adecuado a los ojos de Dios ni a los ojos de los hombres.

Judá temía por la vida de su hijo, Sela y quedarse sin descendencia, lo cual era difícil pues en aquel tiempo los varones podían tener cuantas esposas quisieran.

Yo ansiaba tener hijos y estaba a punto de terminar mi edad fértil. Hasta en la casa de mi padre empezaban a pensar que estaba maldita. Las viudas estábamos muy desvalidas y aunque mi papá velaba por mí ¿qué ocurriría cuándo él falleciera?

Un día supe que Judá, mi suegro, vendría a nuestro pueblo para el esquileo de las ovejas pues uno de sus rebaños pastaba cerca. De repente me vino una idea ingeniosa y escandalosa para muchos pero era mi única oportunidad de tener hijos. Así que me arriesgué y me disfracé de prostituta, me puse un velo en la cara para no ser reconocida, salí sigilosamente del campamento y me senté en el camino por el que pasaría mi suegro. Él acababa de terminar el duelo por su esposa y era muy probable que utilizase los servicios de una prostituta.

Por ello, al verme, solicitó mis servicios. Astutamente le pedí en prenda el anillo con su cordón y su bastón pues eran las señas de su identidad.

Una vez que tuvimos relaciones íntimas y él se alejó, me volví rápidamente al campamento para ponerme de nuevo las ropas de viuda. Poco después me di cuenta de que estaba embarazada y si la criatura era varón, al fin, daría descendencia a mi primer esposo.

En cuanto se notó mi embarazo se montó el escándalo. Dieron aviso a Judá, que, según las costumbres del tiempo, debía ordenar que me quemasen viva. Con inquietud utilicé mi astucia y cuando me sacaban para quemarme viva mandé a Judá su anillo con el cordón y su bastón para que reconociera quién me había dejado embarazada.

Judá reconoció su error y hasta me ensalzó diciendo: “Tamar es mejor que yo puesto que yo no le di a mi hijo Sela”.

Llegado el parto tuve a Fares y Zaraj, mis gemelos. Y se cumplió la línea sucesoria hasta llegar Jesús, el Salvador. Por ello, el evangelista Mateo que investigó la historia de los antepasados de Jesús me nombra a mí y a mis dos hijos. ¿Cabría mayor honor?

¿Qué consecuencias pueden sacar ustedes, mujeres del siglo XXI gracias a mi conducta atípica? A veces, nosotras con nuestra astucia e intuición femenina, hemos forzado acontecimientos. La misma Virgen María forzó a Jesús en las bodas de Caná a pesar de sus protestas porque aún no le había llegado su hora. Si se colocan junto a Jesús inventarán obras maravillosas. No tengan miedo puesto que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Para comprender mejor: Leer: Génesis, 38,1-30; Mateo, 1,3.