Los olores de mi Habana
Por: Mirtha Romero

De aquellos años de mi infancia se han quedado en mi memoria los olores que se percibían por las calles y dentro de las casas de mi querida Habana. Recuerdo el olor a pintura acabadita de aplicar que generalmente percibía en los edificios y que iba sustituyendo al de la tradicional lechada de cal. Todo olía a nuevo.
El granito sustituyó al mosaico catalán y las ventanas "Miami", a pesar de que dejaban entrar menos aire, reemplazaron por completo a la multifuncional y vistosa ventana colonial. Rememoro muchas veces el olor fuerte a desinfectante o al de las hojas tiernas de los árboles cuando cruzaba por el Parque de la Fraternidad.
Los antiguos edificios de La Habana Vieja y Centro Habana tenían un olor característico, mezcla de gas y comida. Alrededor de las 4 pm, por regla general, el olor a café era inconfundible y sobre las 6 de la tarde me daba la impresión de que toda la ciudad iba a comer picadillo, frijoles negros y platanitos maduros fritos.
El olor de Galiano y San Rafael era único. El bello Ten Cent, Flogar y El Encanto impusieron su sello de modernidad y progreso en nuestra urbe capitalina, y se han quedado para siempre en las nostalgias de todos los de mi generación. Durante todas las vacaciones de verano, El Ten Cent era nuestro lugar preferido para tomar ese sabroso froser de chocolate que tanto le gustaba a mi madrina e inhalar ese olor de “las tiendas de antes”, como ahora suele decirse, pero tan natural para nosotros. Caminar con mi madrina por toda la calle Belascoaín hasta Neptuno y de ahí a Galiano era una fiesta de olor, experimentaba estar dentro de un gran almacén de variadísimos y útiles artículos: telas nuevas, retazos y pañuelos vistosos, novedades colgadas en percheros, jabones y perfumes de todas las marcas, variedades y precios y el aroma inolvidable de la piel de los zapatos escolares o los de estreno en Navidad que cautivaban el olfato y el gusto así como el efluvio a madera antigua emergido de las mueblerías o del barniz era un placer para el olfato.
Si pasábamos por la calle Zanja, entonces me cautivaban lo olores exóticos a hierbas inocentes y a otras que no lo eran tanto -eso lo supe después- así como también el que desprendían aquellos chinitos pulcros y sencillos quienes regalaban encantadoras sonrisas a cambio de la pobreza de su español.
También los vendedores callejeros tenían su olor peculiar, generalmente llevaban sus mercancías expuestas sobre el cuerpo y las manos. Los billeteros olían a hojas acabaditas de salir de la imprenta.
Estos fueron personajes muy populares en las calles habaneras de aquel entonces por sus insistentes pregones de los números de la suerte y ello se mezclaba con el penetrante olor a frutas expuestas en las carretillas repletas de naranjas rebosantes de jugo como las que había en la calle Nueva del Pilar. Ello se ha convertido en uno de mis recuerdos más entrañables…esas carretillas se hallaban en las céntricas esquinas como en los barrios más pobres. Pienso también en el gustado churro y en los bollitos de frijoles carita, herencia de las esclavas lucumies.
No olvido el olor especial de los cines el RexCinema y Dúplex ubicados en la céntrica San Rafael. Eran como pedacitos de otro país puestos ante nuestros ojos y a nuestra disposición. Había variados sofás tapizados en verde, espejos en las paredes que multiplicaban las imágenes y hasta mesitas con lápices y papel para una urgente nota, bajo coquetas lamparitas. Cuando se abrían las puertas que nos llevaba a las salas de exhibición, afloraba un olor muy agradable, mezcla de aire acondicionado, galleticas saladas, al tapiz de las sillas y a la respiración de los enamorados mientras en la pantalla se proyectaban variadas programaciones cuya calidad era, a mi juicio, excelente. Ambos cines funcionaban durante todo el día.
No puedo dejar de mencionar un olor que recuerdo con añoranza y es el de las dulcerías, desde las más modestas hasta las más lujosas. Nos incitaba a entrar con tan solo pasar cerca de ellas. Y el olor perenne a brisa que se respiraba en el Parque Maceo, lugar donde creció y jugó mi inolvidable amigo y hermano Catalá. Lo asocio, -misterios del recuerdo- con un frío refresco de Coca Cola y también con el del Túnel de La Habana que olía a mar y a misterio. Transitarlo en aquella época de mi niñez era una aventura inolvidable.
Evocaciones de mi Habana, de esa Habana que se abre bellísima a todo lo largo del Malecón y llena el alma de satisfacción.