A qué, dónde y cuándo juegan
Por: María Amelia González
La actividad lúdica desde edades tempranas signa la vida de los niños. Pasa por diferentes etapas y en la edad preescolar y escolar es vital en los procesos de aprendizaje y socialización. Los juegos de roles, las rondas, el modelado, los juegos de mesa, los juegos didácticos, de armar, con pelota, por citar algunos, permiten la imitación de patrones, organizan el pensamiento, favorecen el control muscular y estimulan las habilidades visoaudiognosicomotoras que después serán muy importantes en la escritura, lectura y el dominio de la lengua materna.
Los pequeños deben desarrollar hábitos que permitan un desempeño lúdico armónico. La aceptación de reglas establecidas para cada juego, la capacidad de entender las normas de los juegos colectivos y su responsabilidad en la posición que ocupa, el autocontrol y la adaptabilidad en tiempo y espacio hacen de esta actividad un factor clave para la dinámica social y el comportamiento ciudadano posterior.
Revitalizar los juegos tradicionales debe ser tarea de docentes y familias. Qué hermoso es ver en los patios de la escuela o en un parque niños jugando a las bolas, a los escondidos, a la quimbumbia o bailando el aro o los trompos. Tiempo atrás existían temporadas donde se ponían de moda a la vez en los distintos barrios de la ciudad empinar papalote, las carreras de saco, las carriolas y patines, los yaquis o se llenaban las aceras de los días de las semanas o los números del 1 al 9, -famosa rayuela para algunos o pon para nosotros- jugándolo con la tacha (una lata de leche escachada) ¿Quedará todo ello como estampa del ayer?
Hoy, en la mayoría de los casos, los parques están desiertos a no ser por la fiebre del futbol o por las personas conectadas en la wifi. Los juegos tradicionales son sustituidos por horas y horas delante de un juego tecnológico que no podemos calificar de nocivo; debemos aceptar la apropiación y uso de las nuevas tecnologías como formas de preparación para un futuro de avances pero con mesura. Es responsabilidad de los mayores no dejar a nuestros niños en esas prácticas sin supervisión y acompañamiento. Debemos asignarles un tiempo determinado e intercalar juegos didácticos que se combinen con aquellos que, tal vez, puedan ser sus preferidos pero establecen parámetros agresivos o evasivos, al vivir a través del juego otra realidad a veces fantasiosa o como reflejo de ambientes familiares disfuncionales.
El aumento de niños con problemas en la socialización y en el aprendizaje o con autismo inducido tal vez, son, en alguna medida, consecuencias de una solución acomodaticia de muchos padres que dejan a sus hijos por largos periodos de tiempo delante de una computadora o de un televisor. Algunos padres son ludópatas o aficionados compulsivos a las series o las telenovelas foráneas y en el hogar existe anarquía en los horarios de alimentación, sueño y actividades propias de la vida diaria. No se percatan del peligro al que arrastran a sus familias con estas prácticas de ocio y aislamiento que deviene adicción.
La academia está desarrollando proyectos de investigación con la temática y se diseñan políticas en los sectores de la educación, deporte y cultura. A estos esfuerzos deben sumarse la mayor cantidad de personas e instituciones. La iglesia a través de sus espacios educativos, culturales y catequéticos debe Ser, Formar y Tomar parte de esta labor.