JUBILAR, PALABRA EN DESUSO, QUE SIGNIFICA ¡GRAN ALEGRÍA Y GOZO!
Por: Hna. Bernardeta Collazo, m.i.c. Asesora Eclesial
Es muy típico de los cubanos ir por la calle y aunque no nos conozcamos vamos saludando, conversando con el primero que se nos acerque, y le contamos penas o alegrías, pues nos hace bien. Pudiéramos cantar con Joan Manuel Serrat: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Si son penas al compartirlas se nos aligera el corazón, si son alegrías, multiplicamos ese senti- miento que está un poco perdido y a veces escasea más que el pan nuestro de cada día.
Imaginemos que vamos por la calle y al verlos, comienzo a hablarles para contarles el gran gozo que significa un año jubilar. Pues estoy celebrando 50 años de mi consagración a Dios y a todos, que se insertan en los 75 años de presencia ininterrumpida en Cuba de la Congregación de Las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción. Instituto de origen canadiense francés, fundado por Délia Tétreault en 1902; primer Instituto Misionero Femenino de las Américas. Antes de que me pregunten, les diré que las primeras Hermanas Canadienses llegaron al central Mercedes ahora Seis de Agosto en la zona de Colón, provincia de Matanzas.
Como saben, los años jubilares vienen desde la antigüedad; se celebran cada 50 años. Jubilar también significa retirarse, concluir tu etapa laboral. En mi caso, cuando leí que además significaba gran alegría, gozo, júbilo, pero que era palabra en desuso pensé: cómo puede perderse en el tiempo una palabra que tiene un significado tan espontáneo, que es un sentimiento fundamental para la realización de las personas, para expresar su felicidad.
Como estamos en un ambiente coloquial, les diré que celebrar estos 50 años nos hace releer lo vivido, recordar a tantas personas encontradas en este ir haciendo caminos, los unos con los otros. Escogimos como lema para nuestros jubileos: “Agradecer a Dios tanto bien recibido y compartido”. Si hay una expresión que me deja perpleja es escuchar a lo largo de estos años cuando una persona necesitada de oraciones, casi nos susurra y nos suplica: pídanle a Dios, ustedes que están más cerca de Él. Lo primero que le pido a Dios es por la persona misma para que descubra que ante Dios no hay ni pri- meros ni últimos, ni cercanos, ni lejanos. Él nos escucha a todos. Claro, que lo que quieren es que hagamos camino con ellos ante Dios.
En el recorrido por estos años, Dios me ha regalado un millón de hermanos y hermanas en cada pueblo por donde he pasado. Qué alegría nos da cuando algunos de ellos nos dicen: usted en tal momento dijo tal palabra, tal expresión que guardo aún en mi corazón. Cuántas personas hemos encontrado para reír y llorar, cantar, rezar y más. Con muchas hemos compartido tanto don recibido y con todos ustedes, damos gracias.
Cuando encontramos lectores que nos piden que no se pierda la publicación Nosotras, que les ha gustado mucho tal y tal artículo, que lo han compartido en los grupos del Movimiento y con otros, díganme si no hay que jubilar, saltar de gozo y de alegría.
La vida diaria en estos tiempos se ha vuelto como un tropiezo para perder los grandes y pequeños valores que llenan el día a día, pero no podemos dejarnos arrancar lo propio de nuestra creación por Dios. Él nos creó para ser felices y vivir con alegría porque todos somos sus Hijos Amados.
En mi relectura de lo vivido, les comparto una de las causas de mi alegría, de mi felicidad, de ver a Dios actuando a través de sus Creaturas, de sus Hijos. Acompañar el camino de los que se acercan a nuestros templos es un gran regalo. Llegan buscando a Dios, buscando paz, buscando rumbo, buscando y buscando todo lo que no han encontrado aún. Han escuchado muchos discursos, han recorrido caminos diversos en su afán de encontrar algo mejor y cuando llegan, lo que hacen es ver, observar, escuchar, y ahí viene el paso a escoger el mejor camino. Yo diría que el Cupido es la Palabra de Dios. Nadie les ha hablado ese lenguaje diferente, el que buscaban sin saber dónde. Cuando comienzan a escucharla en las misas, cuando se les hace “comestible” esa Palabra, cuando ven que transforma, transfigura, que se hace proyecto de vida, no se cansan de escucharla.
Se sienten bien en esa comunidad primera que los acoge en su formación porque se sienten elegidos para bauti- zarse, recibir la comunión, y hasta para casarse como Dios manda. El día que reciben el Sacramento, es el día de la gran iluminación, ven todo con ojos diferentes, y hasta ellos mismos se asombran al compartir que su familia y sus amigos se han dado cuenta del cambio de sus vidas. Vemos en estos nuevos hermanos el DON de Dios, que sigue llamando a sus Hijos y ellos le responden para poder cantar con nosotros el gran Amor de Dios que nos invita a vivir en comunión, caminando el mismo camino de Salvación.
La Palabra de Dios sigue siendo para nosotros caminantes lámpara para nues- tros pasos, luz en nuestros senderos. Yo resumiría esa búsqueda de nuestros hermanos con aquella expresión tan elocuente de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna”. Jesús, al Resucitar cumplió esta súplica de Pedro que es una profesión de Fe, de certeza, es Alegría y Gozo.
Cuando nos preguntan, con un poco de lástima, ¿ustedes las monjitas no se casan, no pueden tener hijos? No se preocupen, Dios nos da muchos hermanos y hermanas, no solo de Congregación, sino frutos del compartir vida y misión con tantas personas. Se imaginan en estos 50 años, cuántos hemos visto, nacer, crecer, casarse, y tener familias… Con que orgullo le dicen a sus hijos y nietos: ellas, las monjitas nos acompañaron a lo largo de la vida.
Cuando nosotras, las M.I.C. comenzamos a pensar en estos jubileos, nos decíamos: ¿en estos momentos, con todo lo que estamos viviendo como pueblo, en las familias, vamos a celebrar? Razones para celebrar teníamos, pues es recordar la Acción de Dios en el tiempo a través de estos 75 y 50 años.
El Cardenal en la homilía del 25 de marzo, día de la celebración jubilar, dijo: la Hermana Bernardeta no sabe cuánto bien ha hecho, solo lo sabrá en la vida eterna…
Hay que darle siempre gracias a Dios, que no deja de hacer el Bien a través de todos. Y se habla mucho del mal, de lo malo de la vida, pero qué pocas veces se habla de tanto bien recibido y compartido. Hay un antes y un después de celebrar. Es la conclusión a la que llegamos.
Se acercan las grandes fiestas para los cubanos: el Día de las Madres y de los Padres. Celebremos a las Madres y a los Padres con mucho amor agradecido, con gozo y con alegría.