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Las mujeres en el evangelio de Marcos


Actividad recreativa en el Cristo de La Habana, junto a hijos y nietos.

Por: Diácono Manuel

El primero de los evangelios que salió a la luz pública alrededor del año 64 fue el de Juan Marcos, discípulo de Pedro. Marcos es presentado en el propio evangelio en el capítulo 14, versículo 51:

“mientras aprehendían a Jesús en el huerto de los olivos, un joven lo iba siguiendo cubierto tan solo con una sábana. Le echaron mano, (versículo 52), pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo”. 

Llama la atención que en el capítulo primero de este libro, en los versículos del 1 al 34 se ofrezca un “itinerario” de la vida de Jesús de solo un día de duración, como si se quisiera marcar cuáles eran las actividades que en su presencia solía desarrollar el Maestro en el pueblo, estando acompañado de sus discípulos: “Al llegar el sábado entró en la Sinagoga y se puso a enseñar” (1,21). Queda bien claro que su primera prioridad es el anuncio de la Buena Noticia, el hablar del Reino de Dios.

“Y todos quedaban asombrados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los fariseos”. Después de mostrar a Jesús lleno del poder del Espíritu Santo porque expulsa demonios de un poseso que en la Sinagoga visitada se encontraba, su siguiente destino, nos los dice Marcos 1, 29: “Cuando salió de la Sinagoga fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés” (la Sinagoga se encontraba cerca de la casa de estos). Al llegar, conocieron que la suegra de Simón estaba en cama, con fiebre y ello se le informa a Jesús. No le piden que la sane, solo se lo anuncian.

Expresa el evangelio que Jesús entró a la casa y tomó de la mano a la suegra de Simón “con naturalidad”. Marcos recoge el testimonio de Pedro, lo que este vio y sintió en su seguir a Jesús. Es Simón quien le cuenta y seguro “evoca” la escena con gratitud hacia Jesús que ha sido tan delicado con la mamá de su esposa.

Meditemos algunos detalles de este hecho. Es la curación más sencilla del evangelio pero la vemos rodeada de un ambiente de familiaridad y cercanía. También resulta interesante el conocer como el segundo milagro de la vida pública de Jesús haya sido con una mujer del pueblo. Se puede constatar que en su predicación del Reino de Dios, empleó no solo palabras sino también “gestos”.

Las suegras que siempre han estado en los labios de los yernos y las nueras, debieron ver cómo Jesús se comportó con esta sencilla mujer. Y resalta el texto: “la fiebre la dejó y ella se puso a servirles”. Acá viene muy bien la frase de Santa Teresa de Calcuta, atribuida al poeta indio Tagore que el papa Francisco nos repite: “quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Jesús restableció a la suegra de Pedro para servir, que es el núcleo de la fe. “No he venido para ser servido sino para servir” (Mc.10, 45). Pidámosle al propio Jesús, desde el corazón: 

Señor Jesús que siempre estás a mi lado, que yo no me quede de brazos cruzados frente al que ya “no puede servir”, que como Andrés, tu apóstol, yo esté siempre dispuesto a llevarte al que no se le- vanta aunque no sea aceptado por todos como las suegras y pedirte que tomes su mano y lo restituyas en su capacidad de servir, que es el mayor objetivo de nuestra fe.