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Las mujeres en el evangelio de Marcos
La hemorroisa (Mc. 5, 25-34)


Actividad recreativa en el Cristo de La Habana, junto a hijos y nietos.

Por: Diácono Manuel Hernán

“Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar…’’ (Mc. 5,21.). 

Acaba de regresar con sus apóstoles de la región de los gerasenos donde sanó al endemoniado de Gerasa, que vivía en el cementerio local y que estaba poseído por una legión de demonios.

A ellos les permitió meterse en unos puercos los cuales, inmediatamente, se despeñaron por un desfiladero y se ahogaron al recibir a los demonios. Es que Jesús andaba por la zona del Mar de Galilea donde en ambas orillas hay poblaciones.

Y ahora se dirige a la otra orilla, donde una muchedumbre lo está esperando. Y se aglomeró junto a él mucha gente.

Llega entonces uno de los jefes de la sinagoga llamado Jairo, y al verle cae a sus pies, y le suplica con insistencia que vaya a su casa a imponer las manos a su hija porque está a punto de morir”.

Continúa diciendo el evangelio que le seguía un gran gentío que le oprimía. Y concluye el versículo diciendo: “Y se fue con Él”.

No le ha afectado la fuerte experiencia vivida en Gerasa con el endemoniado, ni el repudio de los habitantes del pueblo que le han rogado que se fuera porque sintieron miedo por el suceso de los puercos. Sale entonces tranquilamente a complacer a Jairo que se ha puesto de rodillas rogándole que vaya a su casa.

“Entonces, -dice el texto evangélico- (Mc.5,25) una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años…”

Si buscamos en la Biblia el libro del Levítico (Antiguo Testamento), y leemos el capítulo 15 versículos del 19 al 33, veremos que el flujo de sangre de la mujer (incluyendo la menstruación) es considerado como una impureza legal.

La ley de Moisés es muy detallada en este libro. La “impureza” se atribuye en dos situaciones: para el flujo de sangre de una semana (la menstruación) y cuando este flujo se prolongue un tiempo mayor. Esta ley, establece que la mujer que tenga el flujo es considerada impura mientras este le dure y por tanto, todo lo que toca una mujer durante su menstruación es declarado impuro: asiento que ella use quien lo ocupe o toque es también considerado impuro. Y la cama donde duerme es impura. Y quien se acueste con ella también queda impuro. Y quien toque cualquier objeto que ella haya tocado queda impuro. Y todo el que queda impuro tendrá que lavarse y además todos sus vestidos y quedará impuro hasta la tarde. Y en el caso de ella, cuando cese el flujo tendrá que lavarse y esperar al séptimo u octavo día para presentar en el Templo la ofrenda de tórtolas o pichones requeridas por la ley. Esta persona no es admitida en la vida social ni en la sinagoga mientras esté con el flujo. Por supuesto, debe evadir el encuentro con personas y gritar ante el que encuentre que es impure donde sea que esté.

Cuando el flujo de sangre no cesa, entonces su impureza continua y las prohibiciones subsisten mien- tras no desaparezca. A esta mujer, probablemente, su familia la botó de la casa porque si no es asì la casa permanecería impura, tanto como su familia que sería repudiada por todos e impedida socialmente e incluso de asistir a la Sinagoga. Ella habrá tenido que abandonar su ciudad donde todos la conocían, y se habrá tenido que llevar todos sus trapos para andar deambulando en la calle, en lugares desconocidos, de incógnita todo el tiempo para que no le acusen de impureza, o sea, sin vida social posible, pues no puede entrar en contacto con nadie porque su presencia convierte a cualquiera en impuro, y peor aún, no tener vida religiosa. Como no puede recibir ayuda de nadie por miedo a contaminarle, tiene que andar con sus trapos con aspecto sanguinolento para lavarlos a escondidas donde no la puedan ver.

Según el testimonio de la mujer, gastó todo su dinero con médicos que no la sanaron. Ella tiene todos los motivos necesarios para haber perdido la esperanza de ser curada. Y además pasó doce años con su enfermedad. ¿No crees que es digna de misericordia?

Este relato tiene en Marcos la expresión más rica del resto de los evangelios, pues dedica 14 versículos a describir este milagro de la hemorroisa. En ella, renació la esperanza, al escuchar sobre la fama de Jesús.

Claro, no podía tocarlo directamente porque corría el riesgo que la vieran y se lo impidieran conociendo que era impura; además, si alguien no- taba su cercanía a Jesús podría comenzar a gritar para que Él no fuera contaminado, de ahí su discreción al acercarse por detrás de Él; menos aún podía dejarse ver por El, no sea que notara con su poder que estaba impura, y llegara a impedírselo.

Evidentemente su fe era muy grande al creer que con solo tocar su manto era suficiente para ser sanada. Su confianza en la capacidad de sanar de Jesús es sorprendente: “si logro tocar, aunque solo sea su vestido, quedaré curada”. 

Jesús como judío piadoso y obser- vante de la ley llevaba en el borde de su manto unas orlas o flecos mandados por la ley. El fleco con su hilo de color púrpura servía para recordar el cumplimiento de los preceptos de Dios y manifestar que Israel era un pueblo consagrado a Yahveh. En la lectura religiosa de toda el área de Mesopotamia y en el Antiguo Testamento agarrarse al manto significa implorar fervientemente. La mujer quiere tocar la orla del manto de Jesús impulsada por su gran fe y no por una creencia de tipo mágico. Logró finalmente su objetivo de tocar uno de los flecos y al punto se secó el flujo de sangre y sintió en su cuerpo que había sido sanada de su mal.

Jesús se da cuenta, según el evangelio, de la fuerza que había salido de su cuerpo y pese a que sus discípulos no entendieron que preguntara repetidas veces: “¿quien me ha tocado?” pues estaba siendo oprimido en toda su persona y aún reclamaba que alguien lo había tocado. La mujer, asustada y temblorosa por haber sido descubierta en su acción se llenó de valor, se acercó y le contó todo sobre su enfermedad. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz y queda curada de tu enfermedad”. Estas palabras son un elogio grande a la mujer porque no ha sido solo sanada de su mal físico, Salvar es una palabra que no solo se refiere a la sanación de la enfermedad, sino que va más allá de la sanación física y nos indica, en su contexto:

Tú fe te ha logrado mi perdón, tu fe te ha liberado del Maligno, tu fe ha levantado del pecado y de la muerte. Shalom, Vete en Paz.

No me cabe duda de que en este relato se encuentra una propuesta para mí y para ti de parte de Jesús, porque vivimos en el presente una situación llena de dificultades, y corremos el riesgo de caer también como la hemorroisa en desesperanza, en depresión. La única y mejor solución es “agarrarnos” a Jesús (que es lo que quiere decir “tocar su manto”), porque nos ama sin medida y sin condiciones; hacer vida su Palabra, alimentarnos con su cuerpo eucarístico y pedirle al Espíritu Santo que nos guie para que en cada momento hagamos la voluntad de nuestro Padre del Cielo.

Que en esta
Navidad
la magia sea
tu mejor traje,
tu sonrisa
el mejor regalo,
tus ojos
el mejor destino,
y tu felicidad
nuestro
mejor deseo.