Ana Catalina Emmerich (1774 -1824)
Por: Hno: Jesús Bayo, fms.
Ana Catalina Emmerich, religiosa agustina estigmatizada, nació en Flamske, una aldea de la diócesis de Münster (Westfalia, Alemania), el 8 de septiembre de 1774. Sus padres eran campesinos pobres, honrados y piadosos.
Desde niña mostró gran devoción a la Santísima Virgen, a la Eucaristía, al Vía Crucis y a Jesús flagelado que sufre en la Pasión. A ejemplo de Santa Gertrudis, oraba y se mortificaba con el fin de liberar a las benditas almas del purgatorio. Ejerció la caridad solícita hacia los pobres y los enfermos.
El 13 de noviembre de 1802 ingresó al convento de las religiosas Agustinas de Agnetenberg (Dulmen), donde vivió asociada a la Pasión de Cristo. Participa de la unión con Cristo en experiencia dolorosa de la coronación de espinas. Tiene éxtasis y elevaciones espirituales. Su vida mística le causó incomprensiones entre sus propias Hermanas. A causa de un accidente quedó inválida, lo que es fuente de sufrimientos y agravios.
El 3 de diciembre de 1811, el convento fue suprimido a causa de los trastornos socio-políticos, fruto de las invasiones napoleónicas en aquella época. Durante 1812, Ana Catalina vivió enferma en una pobre celda con una viuda devota de Dülmen. El 24 de diciembre de ese mismo año, mientras contemplaba la Pasión del Señor, recibió los estigmas o llagas del Señor Crucificado, que fueron impresas en sus manos, en sus pies y en el costado derecho. A los sufrimientos de las llagas, se agregaron diversas enfermedades que ella cargaba en solidaridad espiritual con otros enfermos. Además, hubo de soportar el dolor moral de ser acusada por impostora y hechicera.
En 1818 fue visitada por el poeta romántico Clemente Brentano, nacido en Francfort en 1778. Este quedó impresionado por el estado doliente y las experiencias de la mística. Decidió quedarse junto a su lecho para ser su secretario y recoger sus visiones. Ello también causó sufrimiento a la enferma por el agotamiento que le suponía la solicitud insistente de sus visiones para ser escritas. El mismo Brentano escribió una biografía popular que fue muy divulgada.
Después de pasar doce años en medio de sufrimientos físicos y espirituales, asociada a la Pasión del Señor, murió el 9 de febrero de 1824, a los 50 años de edad y 21 de profesión religiosa.
Escritos
Su experiencia mística está recogida en tres libros: La acerba pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (1833), Vida de Santa María Virgen (1852) y Vida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (3 volúmenes, entre 1858 y 1860. Se trata de narraciones sencillas y piadosas que describen detalladamente la Pasión desde el Cenáculo hasta el Gólgota. El realismo que aportan estos escritos está en sintonía con los evangelios.
Se trata de revelaciones privadas que podemos aceptar o rechazar. Los expertos son críticos y escépticos acerca de la autenticidad de estos fenómenos sobrenaturales, pero concuerdan en la vida ejemplar de esta mujer que experimentó la mortificación, el sacrificio y el sufrimiento en unión con Cristo crucificado. Catalina también se mostró sensible y solidaria con el dolor de los hombres de su tiempo, especialmente con los enfermos, y por eso exclamaba: “Todos cargamos con los dolores propios y también de los demás”. Sus escritos han ayudado a muchas personas a vivir las escenas de la pasión del Señor con intensidad y amor. En algunos casos, sus visiones han servido de base para escribir el guion de películas sobre la vida de Jesús.
“Los verdugos, habiendo crucificado a Nuestro Señor, alzaron la cruz dejándola caer con todo su peso en el hueco de una peña con un estremecimiento espantoso.
Jesús dio un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su sangre corrió abundantemente. Los verdugos, para asegurar la cruz, la alzaron nuevamente, clavando cinco cuñas a su alrededor. Fue un espectáculo horrible y doloroso el ver, en medio de los gritos e insultos de los verdugos, la cruz vacilar un instante sobre su base y hundirse temblando en la tierra; mas también se elevaron hacia ella voces piadosas y compasivas… Pero cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con gran estruendo, hubo un momento de silencio solemne; todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces… La sagrada cruz se elevaba por primera vez en medio de la tierra, cual otro árbol de vida en el Paraíso, y de las llagas de Jesús salían cuatro arroyos sagrados para fertilizar la tierra, y hacer de ella el nuevo Paraíso. El sitio donde estaba clavada la cruz era más elevado que el terreno circunvecino; los pies del salvador bastante bajos para que sus amigos pudieran besarlos. El rostro del Señor miraba al noroeste”.
“Los verdugos, después de haber plantado las cruces de los ladrones, aplicaron escaleras a la cruz del Salvador, para cortar las cuerdas con que tenían atado su Sagrado Cuerpo. La sangre, cuya circulación había sido interceptada por la posición horizontal y la comprensión de los cordeles, corrió con ímpetu de las heridas, y fue tal el padecimiento, que Jesús inclinó la cabeza sobre su pecho y se quedó como muerto durante unos siete minutos. Entonces hubo un rato de silencio: se oía otra vez el sonido de las trompetas del templo de Jerusalén. Jesús tenía el pecho ancho, los brazos robustos; sus manos bellas, y, sin ser delicadas, no se parecían a las de un hombre que las emplea en penosos trabajos. Su cabeza era de una hermosa proporción, su frente alta y ancha; su cara formaba un lindo óvalo; sus cabellos, de un color de cobre oscuro, no eran muy espesos. Entre las cruces de los ladrones y la de Jesús había bastante espacio para que un hombre a caballo pudiese pasar. Los dos ladrones sobre sus cruces ofrecían un espectáculo muy repugnante y terrible, especialmente el de la izquierda, que no cesaba de proferir injurias y blasfemias contra el Hijo de Dios” (Revelaciones sobre la Pasión y Muerte de Jesús, segunda parte, XXVIII y XXX).