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¿NIDO VACIO? (I PARTE)


Por: María Amelia González.


La sociedad moderna enfrenta nuevos retos las personas mayores. Desde tiempos inmemoriales la problemática del nido vacío, es decir, la partida de los hijos de la casa paterna ya fuera por matrimonio, migración, estudios, vocaciones, o trabajos lejanos, guerras, destierros u otras causas, preocupa.
Estas rupturas siempre han ocurrido, aunque lo veíamos como cosas del pasado. No nos percatamos de su incidencia real en nuestras vidas familiares ni nos recordamos del vuelo que un día emprendimos también nosotros.

Hoy en Cuba, muchas personas adultas mayores padecen de depresión, aislamiento, soledad y, en el peor de los casos, abandono. Algunos se sienten culpables porque sus hijos no los llaman, los visitan espaciadamente o simplemente no lo hacen. Frente a esta realidad existen muchas justificaciones y argumentos: se trabaja mucho, viven lejos, tienen múltiples ocupaciones y responsabilidades con la nueva familia creada, otros optan por vivir su sexualidad de forma diferente y muchos están lejos del país.

La generación que hoy peina canas se entregó de lleno al trabajo y por qué no a la construcción de una nueva sociedad. No tengamos miedo de abordar realidades pasadas y presentes en nuestras comunidades porque todos somos Iglesia y acogemos a personas que en su momento tuvieron otros puntos de vista y se alejaron, pero gracias a Dios volvieron a tener fe o la encontraron y como Saulos se convirtieron en Pablos y afrontan nuestros mismos problemas con hijos y nietos.

Cuando me enfrento como profesional a la búsqueda de respuestas a los problemas del envejecimiento y la soledad desde la socio cultura y la antropología, siempre tomo como referencia el spot televisivo: “el viejo Andrés se va a morir solo”, pues la falta de comunicación, responsabilidad y las justificaciones a veces nos laceran a la hora de enfrentar esta problemática que cada día nos afecta desde lo familiar hasta lo social. Algunos, al referirse al tema, hablan de múltiples causales que van desde la falta de valores, el hedonismo y narcisismo actual hasta el consumismo desmedido. Otros lo atribuyen a la educación deformada dada al premiar o facilitarles la vida a nuestros hijos y nietos sobre la base del falso concepto: que ellos no pasen lo que yo pasé. Culpan al Sistema Nacional de Educación, a las influencias externas, a los medios masivos y hasta a la debilidad de las instituciones religiosas. No es menos cierto que hay multifactorialidad de causas pero no podemos seguir en la mera crítica y en las lamentaciones.

Son muchos los análisis a llevar a cabo, no podemos banalizar el devenir de los momentos que a nivel personal, familiar y nacional nos ha tocado vivir, ni cuestionar si fueron buenas o malas las decisiones y actuaciones. Analicemos con mentalidad abierta y objetiva, sin enmascaramiento ni espíritu demoledor.

Al estudiar esta problemática debemos tener en cuenta distintos aspectos que en su momento condicionaron posturas o toma de decisiones. Fue y es importante destacar la incorporación de la mujer al trabajo y su alistamiento a estudios superiores y técnicos, las misiones, nueva actitud ante una vida vertiginosa y su papel como agente de cambio; por ello, se benefició de los círculos infantiles o las becas y, en el caso de no existir tías y abuelas acompañantes, se optó por ello.

También los hombres acometieron un sinfín de tareas: las microbrigadas, los servicios sociales en otras provincias, zafras, misiones internacionalistas y otras actividades que propiciaron muchas veces sin desearlo -no apoyaran- a sus parejas. A ello le sumamos aumento del índice de divorcios, la falta de vivienda con su correspondiente problema intergeneracional, el éxodo migratorio, libertades para asumir diversidades sexuales, religiosas y de todo tipo así como también la influencia foránea de nuevas concepciones sobre la familia, las instituciones, la sociedad, lo individual y lo universal. Todo ello trae aparejado rupturas familiares, desarraigo, olvido y falta de responsabilidad.

Pero todo no es blanco y negro ni podemos estar eternamente cuestionándonos y culpándonos. Cada momento tiene sus retos, sus respuestas, sus caminos. Pensemos que en cada ocasión actuamos según las demandas de la vida y, en la mayoría de los casos, lo realizado fue por amor, por un futuro mejor porque así lo considerábamos, bien por desconocimiento o ignorancia. De todas formas, como Martí, tengamos fe en el mejoramiento humano y busquemos respuestas y soluciones.