Queturá: la fe en acción
Por: P. Martirián Marbán
Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, narran mi historia. Se la voy a recordar.
Yo vivía con mi esposo y mis hijos en la ciudad de Tiberíades, a orillas del lago de Galilea. Mi esposo era pescador y yo le ayudaba a vender el pescado en las orillas del lago y por las casas. Teníamos nuestra clientela. Pero después del último parto nunca me pude recuperar. Hacía doce años que comencé a sufrir hemorragias vaginales, perdía sangre con frecuencia. Habíamos ahorrado alguna plata y acompañada de algunos familiares empezamos a consultar a los médicos de los alrededores y hasta alguna vez con motivo de peregrinaciones, me dejé examinar por médicos de la misma Jerusalén, la capital del país. Me dieron muchos remedios pero ninguno me aliviaba, al contrario, cada vez me sentía peor. Mi salud se deterioraba.
Mi esposo y mis hijos hacían todo lo posible por ayudarme pero mis dolores iban en aumento. Hasta me había desanimado de acudir a consultas médicas porque en los doce años de mi enfermedad, habíamos gastado todos nuestros ahorros y apenas podíamos sobrevivir con lo que se pescaba diariamente. Ya no podía colaborar en la venta del pescado, más bien me convertí en una fuente de gastos.
Hacía algún tiempo, se había corrido la voz entre los pescadores de que Jesús, el carpintero de Nazaret, estaba sanando a muchas personas de sus enfermedades, incluso algunos pescadores habían dejado su trabajo y se habían aventurado con él. Se contaban cosas extraordinarias y maravillosas. Empecé a considerar el tratar de encontrarme con él y hablarle. Sería la última y única oportunidad de curación.
Mi esposo y mis hijos, también pescadores, comenzaron a informarse de las andanzas de Jesús y su grupo. Les dijeron que habían cruzado el lago en dirección a Gerasa. Pero, ¿cuándo volvería?
Según los pescadores, lo más lógico era es que volviese por nuestra comarca. Al cabo de algunos días desde la orilla del lago se divisó la barca en la que Jesús regresaba con sus acompañantes. Rápidamente se agrupó una multitud en la orilla.
A pesar de mi debilidad y apoyada en uno de mis hijos, salí casi corriendo de la casa y fui también a esperar a Jesús, pero, ¿cómo yo, mujer, enferma y por lo tanto impura, iba a encontrarme cara a cara con él y en medio de esa gran multitud suplicarle que me sanara? ¿Cuántos más le esperaban para pedirle lo mismo?
La situación se complicó mucho más con la llegada de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga o casa de oración de los judíos. Abriéndose paso entre todos, exigió ser el primero en ser atendido por Jesús pues su hija de doce años estaba agonizando.
Apenas saltó Jesús de la barca, Jairo se postró a sus pies y con grandes voces le suplicaba que fuera a sanar a su hija. Dada la premura de la situación, Jesús lo siguió a su casa acompañado de la multitud. Entonces, casi se esfumaron mis esperanzas. Pero no sé de dónde saqué fuerzas o si mi hijo me empujaba, o tal vez la fe me dio nuevas energías, el caso es que atravesé la multitud hasta llegar a la espalda de Jesús. No sentía ni los codazos ni los empujones de la gente. Ya no esperaba poder ponerme frente a él y contarle mi enfermedad, eso era imposible, pero mi fe se había vuelto tan grande que comenté a mi hijo: “Si logro tocar aunque sea su ropa, sanaré”.
Efectivamente toqué su manto y me sentí curada. Pensé que pasaría desapercibida y ya. Pero ¡qué equivocada estaba! A pesar de que la gente le apretujaba, Jesús dándose la vuelta, empezó a preguntar quién había tocado su manto pues se dio cuenta del poder que había salido de él. Roja de vergüenza, asustada y temblando me postré ante él y le conté toda la verdad. Al fin podía hablarle cara a cara, aunque no esperaba que fuera de esa forma. Jesús comprendiéndolo todo me contestó cariñosamente: “Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz y quedas sana de tu enfermedad”. Ahí comprendí que Jesús era más que médico sanador; era alguien que transmitía paz y salvación para el alma y el cuerpo. Sintiéndome con fuerzas le seguí entre la multitud y presencié también la vuelta a la vida de la hija de Jairo.
Me detengo aquí para no inventar ya que los evangelistas no vuelven a hablar de mí.
Ustedes ya conocen mejor que nosotros que Jesús sana no solo el cuerpo sino que salva, es decir, nos da a conocer el amor de Dios por cada uno de nosotros, sobre todo, si estamos marginados y excluidos, como era mi caso. Jesús nos devuelve nuestra dignidad, nos reincorpora a la comunidad. Ustedes deben pedirle que aumente su débil fe y podrán experimentar la salvación integral.
Para comprender mejor leer:
Marcos, 5, 21-34.