El olor del tiempo
Por: Mirtha Romero

Recientemente, en medio de esta vo-rágine en la que se ha convertido nuestra existencia, pensé en el tiempo y en todo lo que este vocablo encierra en nuestro paso por la vida.
Para muchos el tiempo es la cantidad de horas que tiene el día, otros lo miden por lo acontecido en una semana, mientras que otros lo resumen en cómo le fue en un año. Y siempre hay quien dice: “no sé, pero antes el tiempo me alcanzaba para todo”.
Yo creo que el tiempo se mide por la intensidad con que se vive la vida, por ello coincido con nuestro José Martí cuando expresó: “El tiempo es una sucesión de los instantes en que existen las cosas y se verifican los actos”.
Hace muy poco, pasé por la escuela donde cursé desde el pre-primario (así se llamaba entonces) hasta el octavo grado. Sorprendida me detuve unos instantes porque de aquel majes-tuoso colegio de mis recuerdos, ahora tan solo quedaba una casa vieja, bella aún, pero dividida y subdividida en oficinas, empequeñecida realmente por el tiempo. Entonces, comparando mis recuerdos con la realidad fui reflexio-nando sobre qué nos deja el tiempo al pasar de los años y cómo puede cam-biar la visión que teníamos de los acontecimientos.
Al pasar los años te das cuenta, entre otros aspectos, de que cada experiencia vivida por cada persona es irrepetible, aprendes a construir todos tus caminos sobre la base del hoy porque el terreno del mañana es incierto; comprendes que apresurar las cosas o forzarlas, finalmente, puede conllevar a lo no deseado.
El reloj no es el único que determina y marca el tiempo, también inciden en él los sentimientos, las emociones y, sobre todo, los sentidos. Todos, alguna vez, hemos saboreado y sentido los rumores de su voz, visualizado su paso, pero, sobre todo, hemos perci-bido su olor porque el sentido del olfato es a mi juicio, por excelencia, la mayor y mejor manifestación del paso del tiempo y ello es muy intere-sante porque con mucha frecuencia pasa por nosotros y entre nosotros sin darnos cuenta. A través de su olor, el tiempo confirma su presencia, se torna más tangible, cercano y familiar.
Cuántas veces hemos dicho “olor a viejo” y no siempre se refiere a las cosas que tienen muchos años, también puede referirse a una casa o a una habitación cerrada, o, sencillamente, en nuestras mentes donde guardamos valiosos detalles de nuestras vidas, cuando un día cualquiera abrimos y nos sorprende el olor de lo que fue y nos derrota la nostalgia.
Igualmente ocurre con “el olor a nuevo” que nos provoca una sensación de alegría, es como una esperanza de que todo será mejor y más bello.
También podemos percibir las esta-ciones del año a través de sus diferentes olores, por ejemplo, aquellos que viven cerca del mar sienten en los meses de mayo y junio un olor entre agrio y rancio, fundamentalmente, por las noches y no es más que el arribo su-cesivo de pequeños peses. También ocurre con el olor fuerte a salitre que antecede y permanece durante los frentes fríos de diciembre, enero y febrero que nos regala desde el mar el invierno.
El vino necesita del tiempo para añejarse y alcanzar su mejor aroma –mágico y sensual- es el tiempo quien pone en sazón las frutas y curte las pieles y también, por supuesto, convierte a los niños en adolescente, luego en jóvenes, después en adultos. Cada edad tiene su olor muy peculiar que nada tiene que ver con el aseo o los perfumes porque es el olor que nos va dejando el tiempo en nuestras vidas.
Hay días que nos llega desde lejos una mezcla de aromas que nos re-cuerda el perfume de nuestra madre o el de los primeros zapatitos de nuestro bebe o el de su maleta de viaje a un destino incierto, pero también podría ser el de la merienda solitaria entre las sombras a la caída de la tarde porque ese es el olor del tiempo que no es sino el espacio entre muchos recuerdos.