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La madre de Santiago y Juan, los ZEBEDEOS


Por: P. Martirián Marbán

Qué vergüenza para para mí, aparecer por primera vez en el evangelio de Mateo como una mujer ambiciosa pidiendo los primeros puestos para sus hijos, pero qué hubieran hecho ustedes. Todas las madres quieren lo mejor para sus descendientes.

Mi petición no era descabellada. Poco antes, había oído comentar que Jesús había prometido doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel a los doce apóstoles, que él había elegido para que estuvieran con él y predicasen. Ello ocurrió al responder-le a Pedro una pregunta. Este quería saber la recompensa que tendrían los que habían dejado todo por seguir a Jesús, como era también el caso de mis hijos que abandonaron a su padre y su trabajo a orillas del lago de Gali-lea, cuando Jesús los llamó a esa loca aventura de andar por los pueblos predicando. ¡Qué porvenir les iba a esperar! Y a mí también, pues cuando andaban cerca del lago, mi esposo me mandaba con pescado asado, no fueran a pasar hambre con esa vida itinerante que llevaban. Yo, a veces, me quedaba varios días con ellos. Eran tan hermosas las enseñanzas de Jesús. Por eso yo tenía cierta confianza con él y me sentía con algún prestigio, pues dos de mis hijos varones andaban con él.

Santiago Juan y Pedro eran de los más íntimos de Jesús pero a Pedro ya le había dado Jesús el mando en la comunidad. Entonces, qué les iba a quedar a mis hijos. No iban a ser de los últimos.

Así que, en cuanto tuve ocasión, me armé de valor, cogí a mis hijos de la mano y me arrodillé delante de Jesús. ¡Qué atrevimiento! Los hombres no hablaban con las mujeres en público. Pero Jesús era diferente. Admitía discí-pulas, había mujeres que iban con los apóstoles y con él. Destilaba ternura cuando alguna mujer se dirigía a él.

Antes de que yo dijera nada Jesús me habló: -¿Qué quieres?, me dijo. Un poco azorada, pero decidida, le dije: Aquí tienes a mis dos hijos. Manda que en tu reino se sienten uno a la derecha y el otro a tu izquierda. Sí, con ese ingenio que tenemos las madres le hice ver a Jesús que si ya mis hijos no me pertenecían, al menos, tuvieran un buen porvenir con él.

Recuerdo mi disgusto cuando aquella tarde al volver a casa, mi esposo me dijo que mis hijos se habían ido sin despedirse de mí pues pasó Jesús, el carpintero de Nazaret, con Pedro y Andrés y se fueron a predicar por los pueblos. Yo pensaba que para eso estaban los escribas y los fariseos, no los pescadores. Claro, si Jesús era el Mesías esperado, mis hijos habían acertado al irse con él. Por ello, mi intención era que tuvieran un buen porvenir ellos y sus futuras familias. Esperando que se acordaran de mí, pues era su madre. Aunque no le pedí nada a Jesús para mí.

Y el evangelista Mateo me hace desaparecer de la escena, pues ya se había congregado el grupo y las mujeres presentes me rodearon y ayudaron a levantarme. Jesús se quedó hablando con mis hijos y de lo que pude escuchar, porque el corazón me latía con fuerza, no entendí nada. Pero quedé satisfecha de mi atrevimiento. Había pedido nada menos que al enviado de Dios, al Mesías, lo mejor para mis hijos.

Regresé a la casa y le conté a mi esposo todo sucedido. Solo sonrió y no dijo nada.

Poco después nos enteramos de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Convencí a mi esposo para que me dejara ir a presenciar cómo mis hijos ocupaban los primeros puestos con Jesús. ¿No les gusta a ustedes presenciar los triunfos de sus hijos? Pero qué sorpresa. Al llegar la madrugada del viernes me enteré de que Jesús había sido apresado y que sus discípulos habían huido. Solo mi hijo Juan, el más joven de los discípulos, y algunas mujeres del grupo, entre ellas la más valiente, María, la de Magdala, insistían en no dejar solo a Jesús y a María, su madre, que se desmayaba a cada rato. No lo dudé ni un momento y en cuanto pude localizarlos, pues andaban escondidos, no me separé de ellos.

Juntos vimos cómo el desagradecido y manipulado pueblo pedía a Pilatos la crucifixión de Jesús. Seguimos lo más cerca posible a Jesús en el camino al Calvario y allí estuvimos a la distancia que nos permitieron los soldados romanos.

Yo, como las otras mujeres, y mi hijo Juan estábamos totalmente desconcertados y confundidos, ¿cómo podía terminar esto así?

Ayudé a embalsamar el cuerpo de Jesús y después del día de reposo me volví con mi esposo. Por seguridad, Juan y Santiago, mis hijos, se quedaron escondidos en Jerusalén.

Poco tiempo después, volvieron muy alegres. Jesús murió ciertamente y fue enterrado pero había resucitado y su espíritu vivía en todos los que creían en Él, no como Mesías al modo de los reyes de este mundo, sino como energía divina que mueve los corazones para construir comunidades donde reine el amor, la alegría y la paz.

Con mi esposo nos unimos a las comunidades de seguidores de Jesús que se iban formando.

Con dolor pero con esperanza supe que mi hijo Santiago había sido decapitado por orden del cruel Herodes, y ahora sí estaría sentado al lado de Jesús resucitado. Mi hijo Juan se en-tregó totalmente a la obra evangeliza-dora. Como saben escribió un Evangelio, varias cartas y el Apocalipsis.

Ahí comprendí que mi petición a Jesús de que estuvieran a su lado se cumplió pero de modo diferente a como yo esperaba. Entonces entendí el comen-tario de Jesús a mi petición: “El que aspire a ser más que los demás se hará el servidor de ustedes”. 

Con la esperanza de encontrar a mis hijos en la resurrección, descansé en paz.